“Después de años de documentar el conflicto entre israelíes y palestinos, puedo decir que fotografiar el conflicto es ‘fácil’”, escribe Quique en su blog (http://quiquek.photoshelter.com) cuando presenta la colección de fotos en la que aparecen niños y niñas de ambos colectivos, abrazados y sonrientes. “Es mucho más difícil buscar la otra posibilidad, fotografiar la real, verdadera y concreta paz.”
Luego del fracaso del voto verde, en 1989, decidió dejar el país y recaló en Jerusalén, donde vive junto a su hijo y su esposa. Quería ser educador pero el asesinato de Yitzhak Rabin lo lanzó a la calle para calmar la angustia fotografiando un momento que habría de cambiar la historia de Oriente Medio. Así se convirtió en exitoso fotoperiodista independiente y luego camarógrafo, cubriendo no sólo el conflicto israelo-palestino sino incursionando en fotografía documental, viajes y retratos.
Sus fotos pueden verse en algunos de los mejores periódicos del mundo, desde Newsweek y Financial Times hasta The Independent, El País y El Mundo. En Uruguay colabora con Canal 5 y Radio Sarandí. No todo es guerra en su producción. Uno de sus álbumes está dedicado a la fiesta de Iemanyá en Montevideo, otros a los niños, la naturaleza (con una impresionante colección sobre el Mar Muerto), fiestas religiosas y un apartado titulado “Justicia social”, que de alguna manera define un rasgo vital de su personalidad.
Más allá de su pesimismo sobre la región donde vive, en algún momento comprendió, como escribe en su blog, que “si no eres parte de la solución, eres parte del problema”, y decidió apostar a la convivencia. Su familia está involucrada en la escuela Yad be Yad (Mano a mano), donde 470 niños comparten un proyecto de educación bilingüe que considera “una gota en el mar”, pero imprescindible para comprender que sí se puede.
De visita en Montevideo, ciudad que ahora disfruta con su hijo, compartió con Brecha algunas reflexiones entre dos mundos.
—Pertenezco a esa generación que creció con la dictadura. Vengo de una familia judía progresista, mi padre fue miembro del Sindicato Médico –del que fue presidente–. Nací en 20 de Febrero y Cabrera, en La Unión, una zona muy politizada en aquella época. Eso me dio una base. Cuando volvió la democracia me pareció que esto no iba para ningún lado, participaba en una organización juvenil, quería ser educador y no había un marco para poder trabajar. Acá no pasaba nada y afuera había muchas cosas. Y me fui buscando resolver algo de mi identidad. Ahora extraño la lentitud de esta ciudad.
—¿Cómo se manifiestan tus raíces en el tipo de fotos que hacés?
—El barrio marcó mi vida. Me hizo estar abierto a los otros. Las viviendas de 20 de Febrero nos daban una gran seguridad, nos cuidábamos entre todos, nos sentíamos iguales, había mucha solidaridad, nos sentíamos todos muy cerca. Fui a la escuela pública de Felipe Sanguinetti, donde los niños eran todos iguales. Creo que aprendí a mirar el dolor de los demás, como dice Susan Sontag, a acordarme siempre de los otros, como sucedió con mis vecinos que tuvieron que irse corriendo. En Jerusalén puedo ver lo que les pasa a los otros aunque a mí no me esté pasando.
—En tu blog hay una foto donde aparecen dos niños abrazados, uno es judío y el otro palestino.
—Es un proyecto que puse en marcha en la escuela de mi hijo. Es un juego en el que los chicos se intercambian los nombres y cuando mirás las fotos no hay cómo identificar quién es quién, porque son eso, niños. Es un proyecto armado por periodistas palestinos e israelíes, que se implementó en una escuela que se llama Mano a Mano, la única de ese tipo que hay en Jerusalén, creada por el Centro Peres para la Paz cuando cumplió sus diez años. Asisten unos 470 niños, la mitad árabes y la mitad judíos, y lo mismo sucede con los cargos de dirección, administrativos y docentes. Se enseñan las dos lenguas como primera lengua, se respetan las festividades de las tres religiones, porque entre los niños árabes hay musulmanes y católicos.
—¿Cuál es tu papel en la escuela?
—Estoy en un proyecto que consiste en acompañar a mi hijo a clase hasta que termine la escuela, y ellos se comportan de modo muy natural porque ya no me ven como el fotógrafo. El año pasado fueron a la sinagoga, la iglesia y la mezquita y las fotos son una especie de diario de todo lo que hacen. Ellos no hablan de convivencia, conviven. No hay discurso, hacen. La primera fiesta que tuvimos fue la comida que se hace al terminar el Ramadán, que la llevaron los padres árabes. Cuando fuimos al almacén en el centro de Jerusalén, mi hijo le dijo al almacenero que estaba vestido así porque venía de festejar el Ramadán. Lo dijo muy orgulloso. Un chico así nace con menos miedo porque convive con diferentes. Después de la construcción del muro de separación el contacto es casi nulo, el mundo no es más redondo, se llega al muro y del otro lado no hay nada. Pero cuando estás con tu familia en un proyecto de este tipo, con mi hijo, con mi esposa, que trabaja en la escuela, el mundo vuelve a ser redondo, no hay que salir a descubrir nada porque está todo ahí.
—¿Sentís hostilidad de los fanáticos?
—Mucha.
—¿Miedo?
—No. Me dan más temor las situaciones que vivo en torno al trabajo. Si ahí no tuviera miedo sería un irresponsable. La escuela es la razón principal para quedarnos en Israel.
—Decías que en la escuela con los niños buscás el modo de perder visibilidad. Me imagino que para poder hacer fotos en medio del conflicto también tratarás de adentrarte en la gente, de ganar su confianza…
—Lo más importante para un fotógrafo es respetar a quien fotografía. Eso quiere decir que llego a un lugar y la cámara se queda en el bolso. Primero hablo con la gente, voy con una persona del periódico que hace de traductor y me introduce en los lugares, y eso me ha permitido aprender los códigos de la gente. Eso implica un tiempo, porque la gente es muy desconfiada, porque uno es diferente, viene de otra cultura. Otra cosa es cuando vas con la noticia dura, ahí juegan los instintos animales, la visión es lo único y se trata de captar lo que pasa. Pero lo más habitual es hacer una nota de color o un reportaje y eso supone pedir permiso para fotografiar, supone un tiempo, un lenguaje corporal que trasmite que estás dispuesta escucharlos. Procuro no ser invasivo ni agresivo. Me ayuda mucho el conocer la historia, volver al mismo pueblo varias veces a lo largo de años.
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