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Sofisticado bloqueo

Con Alfredo Falero,* sobre la movida estudiantil en secundaria
¿Nace un movimiento estudiantil en secundaria? ¿Y cómo afecta el contexto progresista al desarrollo de las organizaciones del estudiantado? ¿Qué perspectivas pueden tener éstas en una sociedad gerontocrática y ante un sistema político que ha elegido la educación como uno de sus principales campos de batalla? En torno a estas cuestiones giró el diálogo.

 

La reciente irrupción de los representantes del Consejo Nacional de Estudiantes no pasó desapercibida. El 19 de setiembre fueron recibidos por Mujica y todas las autoridades de la educación en la mismísima Torre Ejecutiva. Presentaron sus propuestas y lo que más llamó la atención fue que, al menos dos, fueron bien recibidas: volver a usar uniforme en los liceos y que los estudiantes evalúen a sus profesores.
La respuesta de la Coordinadora de Estudiantes de la Enseñanza Media fue inmediata: emitieron un comunicado en el que invitaban a dudar de la legitimidad –y la representatividad– de estos estudiantes, rechazando la reunión y la “actitud tomada por estos individuos”.
La contienda podría ser una muestra de vitalidad. El especialista lo pone en duda.

—¿Cree que actualmente existe un movimiento estudiantil liceal?
—Es muy pronto para decirlo. Cualquier definición de movimiento social implica cierta permanencia en el tiempo. Se puede tener una delimitación más o menos abierta del concepto, se puede pensar en formatos típicos del siglo xx o en formatos en red con nodos como se presentan actualmente a nivel global (España, Estados Unidos). Pero es condición que haya continuidad.
En nuestro país conocemos los antecedentes de un movimiento de estudiantes liceales que funcionaba en un contexto sociopolítico general muy diferente, como el de la segunda mitad de los noventa, con movilizaciones importantes que ocurrían anualmente. Una de sus características fue la problematización que hicieron en cuanto a la forma organizativa, que procuró ser horizontal. En ese entonces, como toda expresión social, se “cargaba” del contexto del momento, es decir, más allá de demandas propiamente educativas –que las había–, incorporaba todo el descontento juvenil respecto a una sociedad crecientemente desigual y excluyente. Interpreto esta movilización como parte del ciclo de luchas sociales contra el modelo de acumulación del “neoliberalismo” que se registró en toda América Latina desde la segunda mitad de la década del 90.
En suma, hablar de un nuevo movimiento social vinculado a la enseñanza media de hoy implicaría observar características sin antecedentes, y esta es una operación analítica difícil.
—¿Cómo describiría las diferencias de estos contextos?
—En mi perspectiva, los dos gobiernos del Frente Amplio generaron una novedad sin precedentes en la historia de las movilizaciones sociales en Uruguay, y por ello es un desafío para el análisis. Antes el Frente Amplio no era sólo un partido político sino un movimiento sociopolítico en el que iba confluyendo todo tipo de demandas, incluso contradictorias entre sí. Obviamente incluyendo a todas aquellas sobre transformación de la educación, cogestión en la misma, etcétera. Ese perfil de movimiento prácticamente se ha extinguido y esto tiene consecuencias hacia el futuro.
Ahora se trata de movimientos sociales que aparecen durante gobiernos surgidos de fuerzas políticas que tienen una relación de mayor cercanía con los propios movimientos y organizaciones sociales, y esto trae otra forma de canalizar y negociar las demandas, pero también la capacidad de bloquear más sofisticadamente la proyección de éstas.
¿Dónde confluirán ahora los descontentos, las desilusiones, las demandas sociales que se van acumulando y ya no tienen esa canalización anterior que permitía posponerlas? Un horizonte posible es que comiencen a emerger movimientos autónomos.
Por el momento, considerando que se trata de una sociedad con un tejido social debilitado –el tejido social es más activo en Argentina y Brasil, por citar ejemplos cercanos–, envejecida –lo que supone en general el temor a que el cambio derive en disturbio– y donde los partidos políticos todavía tienen un peso simbólico y práctico importante en la estructuración del tejido social, se puede decir que ese horizonte posible tiene bloqueos importantes.
—¿Por qué sostiene que el tejido social uruguayo es más débil que el de sus países vecinos?
—Decía que el tejido social uruguayo está debilitado. No siempre fue así, no es estructuralmente débil. Comparativamente, considerando sólo los casos argentino y brasileño, se observa en estas sociedades una mayor capacidad de activación del tejido social para plantear demandas colectivas de distinto tipo a partir de movimientos sociales. En el caso de Brasil basta recordar lo que implica el movimiento de trabajadores rurales sin tierra (el mst), que es de los mayores movimientos sociales a nivel mundial. Pero además Brasil es muy grande y diverso y se encuentran muchas dinámicas de distinto tipo de resistencia: de afectados por la construcción de represas, por derecho a la vivienda, etcétera.
En el caso uruguayo, con un 5 por ciento de población rural en un total que no alcanza los 3,4 millones de habitantes, no pueden esperarse grandes movilizaciones de base rural.
Sin embargo el tema va más allá de las dimensiones. A mi juicio la comparativamente menor capacidad de activación del tejido social en Uruguay, hoy, tiene que ver con la desorientación extendida sobre frustradas expectativas de cambio social en sectores que apostaban al mismo y que tenían como referente político histórico de esos cambios al Frente Amplio, que se ha consolidado como partido político pero ha perdido paralelamente su histórico carácter de movimiento sociopolítico.
Frente a la intrínseca necesidad del gobierno –como todo gobierno– de generar un nuevo orden social, que además se construye como orden pospolítico de Uruguay en el mundo (es decir que se presenta desanclado de cualquier proyecto sociopolítico emancipatorio o de búsqueda de alternativas sociales) y que implica poner en práctica mecanismos de dominación (por administración del diálogo, por cooptación, por una narrativa de excepcionalidad sobre cómo son los uruguayos, etcétera), mi hipótesis es que hay un proceso social comparativamente más lento en Uruguay en la regeneración del tejido social sobre nuevas bases, que no son las de los tres ciclos de luchas anteriores (comenzando con el de la década del 60). Esto también se expresa en la fuerte y notoria ausencia de espacios de debate, de intentos de producción de pensamiento crítico.
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