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Del otro lado de la portera

Trabaja con la tierra desde que tiene uso de razón mas reconoce que las porteras de su campo marcaron un punto de inflexión en su vida. Carmen Carlini es miembro fundadora de la Asociación de Mujeres Rurales del Uruguay (amru). Porteras adentro trabajaba desde la mañana hasta la noche, “no salía para nada ni sabía nada de política”, hasta que las circunstancias precipitaron un cambio definitivo en su historia. “La familia rural y en especial la mujer –afirmó– son especies en vías de extinción.”

 

Carmen vive en Las Violetas, una zona rural situada a diez quilómetros de la ciudad de Canelones. Se instaló allí junto a sus padres cuando tenía 10 años. Se casó a los 22 y al poco tiempo tuvo dos hijos. Mientras estuvo casada su situación económica era aceptable. Arar, plantar, podar, cocinar, lavar, cuidar a los niños y preparar la cosecha para el mercado ocupaban su jornada de la mañana a la noche. Cuando su hija menor era adolescente decidió separarse “porque la pareja no andaba, ya no había química”, una decisión bastante osada en aquel momento y lugar. Así que, aunque se le nota cierta incomodidad en el uso de la frase, pasó a ser “jefa de familia”.
Se quedó con tres hectáreas de viña y además hacía trabajos zafrales, “de lo que hubiera en la zona; mayormente juntando fruta. Trabajar en el campo sola es bastante complejo, hice lo que pude, la íbamos tironeando, como decimos acá”.
Hasta que una mañana advirtió una helada grandísima. La viña estaba como si le hubieran rociado una caldera de agua hirviendo. “Me vine llorando. Me siguen gustando las heladas, pero de esa quemazón no me voy a olvidar jamás.” Recuperar los brotes era inviable para Carmen en aquel momento, por lo que, con dolor y sin saber exactamente lo que haría después, decidió arrancar todo.
Al poco tiempo y para salir del “bajón” fue hasta las oficinas del matutino Hoy para ofrecer unos textos sobre poesía. Sin mucha vuelta explicitó sus motivos –levantar su propia autoestima– ante una mirada sorprendida desde el otro lado del escritorio. Fue tal vez el comienzo de su vida “porteras afuera”. Repartir el diario en Las Violetas significó empezar a vincularse (incluso llegó a escribir reportes de las sesiones de la Junta Departamental, pero esa es otra historia), “y me ayudó mucho, más que nada a darme cuenta de que no era la única que tenía problemas, porque ese es el gran tema de la mujer trabajando en el campo”, el aislamiento.
amru es una asociación de grupos de mujeres pertenecientes al sector de la producción familiar. Surgió en 1994 para romper ese aislamiento. “Había mucha problemática de depresiones –recuerda Carmen–, problemas de salud no tratados; Uruguay cuando nació amru era diferente, ahora hay más comunicación. Todavía hay casos, pero nada que ver con lo que era. (…) Recuerdo una mujer que vivía en el límite con Lavalleja. Un día fuimos a donarle una computadora. Llegamos por la carretera, tomamos un camino y tuvimos que abrir cuatro porteras. La mujer vive lejísimos de todo, en un lugar bellísimo, pero solita. Ese tipo de personas sufren una depresión muy jodida; hay mujeres que se han suicidado por eso. Esa mujer se integró a un grupo, teje en su casa, se reúne una vez por semana, tiene un porqué. Eso se logra cuando estamos organizadas.”
Desde el arranque, la búsqueda de alternativas productivas fue la primera tarea que se plantearon los grupos de mujeres. De entrada crearon una marca en común, la reconocida Delicias Criollas. Sin embargo Carmen aclaró que eso fue parte de una estrategia: “para que ya desde el principio la mujer saliera. Nos dimos cuenta de que si traía un peso para la casa era más viable, el marido estaba más conforme; si iba solamente a conversar era todo un problema. Cuando la mujer sintió que estaba haciendo un trabajo en conjunto, logró enfrentar a su marido. Hubo un antes y un después. La asociación les sirvió a las mujeres para levantar la autoestima y enfrentar situaciones no sólo en el ámbito familiar sino en el lugar donde vivían y en las reuniones de productores, donde lo único que hacían era llevar el mate, el café o algo para comer, pero nunca participaban”.
Carmen dice además que en los ámbitos de reunión más pequeños es común que surja la problemática familiar como tema recurrente, y que no sólo se han destapado casos de violencia doméstica sino que algunas mujeres lograron “salir de ese círculo para vivir una vida diferente”.
Para esta mujer trabajar en el campo implica bienestar, “una cuestión de salud real” que resulta de algo tan sencillo como transpirar y liberar toxinas. Con ese argumento defiende un modo de vida, pero también reivindica la cultura del trabajo, un valor que surge de la necesidad y de las condiciones que impone la vida en el medio rural. Más que a una imagen de mujer metida entre los terrones refiere a una actitud de “rebuscarse” y seguir adelante a pesar de las dificultades.
Al principio Carmen repartía el diario puerta por puerta arriba de una Vespa 125. De a poco fue ampliando el radio de influencia, cambió la Vespa por una Yamaha y agregó productos caseros a la oferta. Nunca le dio vergüenza: “era la necesidad, la cultura del trabajo”. Además eso le permitió conocer gente e integrarse a un grupo social –Área Rural de Canelones– donde adquirió sus primeras herramientas de trabajo en organizaciones. Pero nunca dejó de armar proyectos alternativos de producción en su predio. Con la indemnización que cobró por la viña construyó un lago artificial para riego. Su idea era conseguir una pareja que quisiera trabajar como medianeros plantando verdura. “Mirá que la busqué, y eso que yo tenía dos hijos, pero desgraciadamente en este país el machismo es terrible y al estar separada pasás a ser la posible amante de todos los hombres y la posible rival de todas las mujeres.” Su condición despertaba sospechas o al menos curiosidad, al punto que una mañana recibió la visita del cura de la localidad. “Vino a conversar, el hombre, porque claro, una mujer sola y que además no frecuentaba la iglesia era raro. Pero fijate que fue lindo que viniera.” Porque aprovechó la oportunidad para explicarle cuál era su crítica a los códigos religiosos y su forma particular de hablar con Dios, sin capillas y en contacto con la tierra.
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