No hubo, posiblemente no habrá, otro proceso igual. Como ninguna otra, esta selección uruguaya lleva grabada a fuego la impronta de Óscar Washington Tabárez. Para bien o para mal, para bien y para mal, el imaginario popular y la realidad no virtual identifican a los 11 charrúas a quienes les toque en suerte entrar en cada partido, a sus suplentes, a sus ausentes, a sus no-convocados y hasta a sus dirigentes, como la resultancia de las unívocas decisiones de su director técnico. En El camino es la recompensa –en esencia la sistematización de una larga entrevista que le hizo Horacio López–, Tabárez pone el acento en el carácter colectivo, el espíritu democrático y la persistente búsqueda de consensos entre los jugadores (y no entre los dirigentes), que en todas las etapas del juego futbolístico han caracterizado a su trayectoria como seleccionador y entrenador desde la etapa iniciada en las eliminatorias pasadas. La realidad, que suele ser terca, insiste en desmentirlo en un punto crucial. Quizás por novedoso en un país que tiende a refugiarse en un pasado con muchas glorias y demasiados mitos, quizás por totalizador en un fútbol que siempre ha avanzado y retrocedido a la sombra de impulsos individuales o corporativos inevitablemente tomados “al límite”, el periplo de Tabárez al frente de la celeste está tan impregnado por su personalidad, por su estilo para dirigir y conducir, por sus diferencias metodológicas y filosóficas con sus colegas, por las particularidades de un recorrido cuyos éxitos están indisolublemente ligados a decisiones que siempre parecen (acaso lo sean) muy meditadas, que –por fin– es dable referirse a esta selección como “la de Tabárez”. Esto es, en Uruguay, inédito. Al menos en semejante dimensión.
Compárese con selecciones igualmente célebres: las de 1924 a 1930 pertenecieron a toda una generación de futbolistas; la de 1950 está simbolizada por héroes individuales como Obdulio Varela, Ghiggia, Schiaffino y demás; la de 1970 fue el canto del cisne de una manera de concebir el fútbol que hizo implosión cuatro años más tarde en el Mundial de Alemania; la de los años noventa, en rigor menos exitosa que las otras, estuvo marcada por el desafío y los equívocos de las repatriaciones y las interferencias empresariales. Quien pretenda identificar a la actual selección con Forlán, Suárez o Lugano, por citar a sus tres jugadores más emblemáticos, debería tener en cuenta que el primero –en 2002 ya famoso en el mundo– fue prácticamente ignorado en el Mundial jugado por Uruguay ese año; que el segundo era casi un ilustre desconocido por la afición local cuando fue citado por Tabárez, y que la preponderancia en el sistema defensivo y la capitanía del tercero también fueron “inventadas” por el técnico.
Esta suerte de omnipresencia apareja dos peligros. El primero, “creérsela”, ha sido conjurado por Tabárez a partir de su bonhomía, de sus convicciones democráticas y de su cultura. El segundo, que sería cerrar las compuertas ante potenciales aires frescos que traen renovaciones de nombres y de métodos, y que implica
–además– confiar en exceso en talentos y trayectorias individuales que podrían no estar en su cenit o siquiera en un buen momento, y también confundir la sustentabilidad y autorregulación de la que un grupo humano es capaz fuera de la cancha con su capacidad para generar fútbol dentro de ella: este segundo peligro no ha sido conjurado.
Un grupo homogéneo en sus objetivos, ya que no en su integración, debería tener la suficiente fortaleza interior como para aceptar de buena manera la intromisión futbolística del talento ajeno. Nada hace suponer que este grupo seleccionado carezca de tal fortaleza. Directores técnicos y periodistas del extranjero suelen (¿o solían?) maravillarse públicamente ante la bienhadada fortuna de Tabárez de manejar a su selección como si fuese un equipo. Este vaso medio lleno se ha topado, durante los últimos tiempos, más concretamente durante los últimos cuatro partidos de Uruguay en estas eliminatorias, con el olvido o el menosprecio de una de las pocas ventajas con las que debería contar un seleccionador nacional respecto al dt de un club: el universo, muchísimo mayor, al que puede acudir a la hora de elegir a los ejecutores del plan.
Porque a la hora de la ejecución, de pasar, chutar, marcar, sudar, pensar, decidir e inventar, no sólo mandan los jugadores, sino que son sólo ellos, los 11 nuestros, enfrentados a los 11 rivales, quienes tuercen el destino del partido en un sentido o en otro. A la hora de la ejecución pesan los físicos, las aptitudes, las mentes y las disposiciones del momento; se terminaron las bonhomías, las arengas, las amistades y las órdenes.
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