Brecha Digital

Después del viento

El último temporal recorrió los barrios de Montevideo. El viento los dibujó de otra manera, levantó olas nunca vistas, se llevó árboles de siempre. Pero los barrios, después del viento, vuelven a ser los mismos.
Trouville: lo rasgan a tajos negros las agudas hojas de palmera afiladas por la chaira del viento. El cielo gris verdoso no aguanta más. Llueve por mil heridas.


Rambla sur: desmemoriadas olas. Ignorantes de lo que traen y llevan, así sean perlas, algas, estrellas, navegantes o náufragos tal vez de viajes rotos o piratas de infancia desmedida. Empecinadas olas... fuertes, inmensas, tristes, pavorosas, mínimas, dulces, cariñosas olas.
Pocitos: cuando está por llover. Cuando me aburre todo pero apuesto a imaginar historias bastan esta ventana, esta silla, esta mesa para creer que vivo frente al mar. Pido un café, el alquiler más barato del mundo.
La Unión: hay un Montevideo apartado de todo menos de sí mismo, con techos bajos y calles silenciosas, con almacenes viejos que venden poca cosa y sin bar en la esquina para perder el tiempo (ya se perdió hace tanto, que nadie va en su busca). Hay un Montevideo de cielo largo y gris como el asfalto, que traquetea cada tarde sin ser mirado, lejos del mar y cerca de los yuyos. Más melancólico que nadie.
La última cuadra: flores, arandelas, clavos, caireles, porcelanas, nácar, carne, naranjas, abanicos, tableros de ajedrez, zapatos viejos, ciruelas y revistas y azulejos. Viboreando su chas-chas pasan las lonjas con borocotó de tamboril, todo el año es Carnaval, aquí no importa que sea enero o sea abril. Borocotó, borocotó –van repicando mirando alrededor por el vintén–, borocotó, borocotó… y van dejando un no sé qué.
Se van perdiendo las lonjas y se pierde el ritmo –borocotó, borocotó, chas-chas– la gente por las dos veredas viboreando va. La mirada lenta, lentamente recorre lo que ve... puede encontrar todo lo que quiere, si mira bien. Algunos relojean relojes viejos, viejos libros o discos de Gardel. Hasta se puede encontrar algún amigo: “Qué increíble, vo, volverte a ver”.
La mañana crece y el cansancio crece por el sol que raja. En la última cuadra el bandoneón del ciego. La última cuadra de Tristán Narvaja.
La Ciudad Vieja: esta ciudad de la nostalgia llama mar al río y joven a cualquiera con menos de cien años. Esta ciudad arbolada de plátanos, que ilumina con móviles manchas las veredas y transforma en cuadro de Torres cada esquina. Esta ciudad, que vuelve en sueños como vuelven las puestas de sol, es en el aire de la tarde una vez más Montevideo.

 

Comentarios   

 
0 #1 Ofelia Scremini 21-10-2012 20:41
Hermoso comentario sobre la eterna nostalgia de Montevideo.
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