Brecha Digital

A la intemperie

Crónica de un refugio en días de tormenta

Un sujeto particular, digamos Marcelo, en un refugio concreto, Factor Solidaridad, durante un día con pocos precedentes: el ciclón de setiembre. Trayectorias personales, rebeldías y convivencia se mezclan con las variables de la naturaleza y las normas institucionales. Una historia chiquita, porque es de lupa, pero de grandes conmociones individuales.

 

“Puerta”, gritaron un par de voces masculinas que querían salir. Eran las nueve de la mañana y el refugio ya terminaba su horario de atención. Las primeras caras, aún algo soñolientas, se asomaron a través del portón rojo que las separaba de la intemperie y encontraron un panorama gris y lluvioso, nada nuevo en esta extraña primavera montevideana.

El lunes pasado, a pesar de los augurios de un nuevo temporal, todos se marcharon sigilosamente, repitiendo el ritual cotidiano. Nadie pidió para quedarse más tiempo, porque conocen las normas y saben que si reclaman la institución los sanciona.
La lección la aprendieron varias semanas atrás, cuando la ciudad se vio azotada por un ciclón extratropical. Aquel 19 de setiembre, un grupo de 12 personas –de las 40 que van regularmente al refugio Factor Solidaridad– no quiso salir a las nueve, como todas las mañanas, por el temor a la falta de un techo que los protegiera de la tormenta augurada.
Muchas oficinas del Estado cerraron sus puertas para que todos los trabajadores pudieran cobijarse en sus casas, pero a los habitantes de aquel refugio no se les permitió quedarse más tiempo del estipulado: tras una hora de discusión, la institución ganó la pulseada y la puerta roja se abrió para que se marcharan los amotinados.
El desamparo fue sólo por un rato, porque hacia las cuatro de la tarde –tres horas antes de lo habitual– el refugio volvió a abrir. Esto no eximió de sanción a los rebeldes: ahora no podrían ir directamente a Factor Solidaridad, donde se les reservaba una plaza durante varios días por ser usuarios frecuentes de ese servicio. Tendrían que dirigirse primero a Puerta de Entrada y desde allí ser derivados, día a día. Ahora debían hacer el mismo proceso que los que solicitan albergue por primera vez o lo hacen sólo ocasionalmente.
“Quedó como que los malos fuimos nosotros”, cuenta Marcelo, uno de los 12 hombres que se negaban a salir el miércoles 19. No hubo una respuesta de los funcionarios, “algo así como ‘no se previnieron las cosas’, ‘vamos a ver qué podemos a hacer’, yo lo vi muy como ‘a las nueve me tengo que ir, cumplí con mi horario y nadie me llamó ni me dijo quedate una hora más; y ta, cada uno hace su función”.
Marcelo duerme ahí desde hace un mes, más o menos. Ocho años atrás estaba consumiendo pasta base y en la calle, luego de que sus tías se fueran del Hipódromo –el barrio donde se crió– a vivir en el Interior. Durmió en una casa ocupada, en otra lo dejaron vivir mientras la cuidaba, y hubo momentos en que vivió en espacios públicos. De a poco se fue aislando de la gente, no veía a su familia ni a su hija y ni siquiera se relacionaba con otros consumidores. Intentó comenzar a dormir en un refugio recién el año pasado, pero como estaban saturados, Puerta de Entrada no le ofreció más que una ducha fría.
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