Transitar hacia otro cuerpo
- Última actualización en 26 Octubre 2012
- Escrito por: Betania Núñez
La experiencia de Santiago
Santiago es un hombre. Nadie dudaría de su masculinidad ni sospecharía que alguna vez tuvo otro cuerpo. “Siempre tuve apariencia de varón”, aclara. Pero no tenía barba, no tenía pene. Todo eso vino con los años. Santiago es el primer y único transexual masculino operado en Uruguay. Todavía le resta la última intervención, pero ya lleva seis.
“Me sentía atrapado en otro cuerpo”, explica. Para cambiarlo, emprendió un camino plagado de especialistas de la psicología y la psiquiatría, de la endocrinología, la urología y la cirugía. Los médicos y su ciencia se volvieron un pilar fundamental en su vida. Por eso tal vez justifica, y hasta defiende, que los médicos entiendan a la transexualidad como una patología. “No es un trastorno –afirma–, pero mejor que lo vean así.” Santiago piensa que de otra forma los tratamientos, las operaciones y los posteriores controles no se harían. “Está bueno que se le saque el mote de patología, porque todo el mundo tiene derecho a identificarse con el género que quiera. Entonces, desde el punto de vista psicológico no debería ser considerada una enfermedad.” Pero “los médicos se ocupan de las patologías –prosigue–, y si esto no lo es, entonces quién va a garantizar ese proceso”. También insiste en que se necesita un tiempo de maduración para evitar los arrepentimientos. “Eso se puede saldar en un año”, dice Santiago, “pero es importante asegurarse”, porque a diferencia de los transexuales, “las personas transgénero pasan por momentos en los que quieren operarse y momentos en los que no”.
Para él siempre estuvo presente. De niño su transexualidad no era tangible. Simplemente, y de forma natural, se identificaba con los varones. Todo se fue volviendo más claro hacia la adolescencia. Entre los 14 y los 15 años el mandato social se impuso. Intentó ser mujer, y el experimento terminó con un intento de suicidio. “Tomé veneno y me quise cortar las venas.” Acto seguido fue a una psicóloga –la primera de muchas– y le diagnosticaron trastorno de identidad de género. Lo que era, y lo que todavía es, cosa del manual.
A los 18 años vivía en la Ciudad Vieja. Fue al hospital Maciel. Quería saber si podía hacerse la operación de reasignación de sexo, aunque todavía no con estas palabras. Eran los ochenta y lo había visto en una revista rusa. Pensó que tal vez acá era igual. Pero este era otro mundo.
Estuvo años yendo al Maciel y después más años al Clínicas, donde empezó a tratarse en 1993. Pasó de médico en médico y de psicólogo en psicólogo, pero nadie sabía qué hacer: “Nunca se hizo”, era la frase con la que todos argumentaban las negativas. Había un antecedente, el de Ángela, pero la operación era distinta, más económica y más simple, como lo es en los casos de reasignación de sexo de hombre a mujer.
“Estuve muchos años yendo al psicólogo. Por períodos no, porque había muchos paros; una vez en el Clínicas estuvieron seis meses de paro y dejé de ir. Estuve sin comer 15 días porque estaba muy deprimido. Después volví.” Y las cosas siguieron igual hasta que en 2002 se incorporó a la Cátedra de Cirugía Plástica un médico que había participado de una operación de cambio de sexo en Brasil. Santiago reitera una y otra vez “la imperiosa necesidad” que tenía de hacerlo: “Durante la primera operación, mientras me ponían la anestesia, pensé que prefería morirme antes que seguir viviendo en ese cuerpo”.
Las operaciones fueron realizadas entre 2004 y 2007. Primero fue la mastectomía (la remoción de los senos). Luego el vaciado o extirpación de los órganos reproductivos. También le formaron una bolsa escrotal y le implantaron prótesis testiculares. Pero la operación más compleja fue la faloplastia, que consistió en la formación de un pene a partir de tejido, una vena, una arteria y un nervio de su antebrazo. Lo que se construye es una especie de “rollito” de piel al que luego se le inserta la prótesis eréctil. “Estuve cuatro o cinco semanas con él en el brazo mientras vascularizaba. Y después me lo colocaron en la pelvis”, relata Santiago. La única intervención que resta es la implantación de la prótesis, que fue coordinada y suspendida en febrero de este año. En principio, su urólogo le había dicho que necesitaría una prótesis que rondaba los mil dólares. Al igual que las prótesis testiculares, Santiago pensaba costeársela él mismo. Mientras esperaba para ser operado asumió en la cátedra un nuevo urólogo, quien le dijo que esa prótesis no serviría y le dañaría los tejidos; la que se recomienda cuesta 10 mil dólares. Como Santiago no tiene esa cantidad de dinero, después de extensas esperas y varias conversaciones, el hospital se encargó de comprarla. La coordinación de la cirugía y la realización de todos los exámenes insumieron otro año. El mismo día de la operación notaron que el laboratorio había enviado la prótesis en un tamaño incorrecto. La operación fue cancelada. A todo eso, el laboratorio había cerrado. Y ahora las autoridades del hospital argumentan que no habrá presupuesto hasta el año que viene para comprar otra. “Ya esperé suficiente, no voy a esperar más allá del año que viene”, asegura Santiago. Este último paso es vital ya que le permitirá lograr la penetración. La prótesis contiene un complejo sistema de válvulas mediante el cual Santiago podrá manualmente colocar su pene en posición eréctil o flácida.
Pero pese a los traspiés, luego de las operaciones Santiago pudo retomar sus proyectos. Volvió al ipa, que había abandonado en 1998 por un desencuentro con el director y una profesora. “Me habían dicho que no podía ser un profesor con nombre femenino, que me dedicara a otra cosa, que trabajara en una oficina.” En 2006 adquirió formalmente su nombre, y actualmente ejerce como docente.
Santiago no siempre cuenta que alguna vez estuvo atrapado en un cuerpo de mujer. “A la gente que se lo digo se queda de cara, porque no me ven ningún rasgo femenino. Para otra es totalmente intrascendente. Algunos amigos lo saben y otros no. Eso depende de cuánto considero que deben saber de mí.”

