Jueces y perros

Hace unos siete años, un primo mío fue acusado de abusar de una menor (su novia) por la denuncia de sus futuros suegros. Marchó detenido a un juzgado, pidió auxilio, lo socorrí, me consiguieron un "defensor de oficio", fuimos a la calle Misiones y vivimos el calvario... Familia acusadora y "víctima" presentes en el mismo jolcito pequeño del juzgado, entreverados con nosotros, "los" acusados; rostros hoscos, malignos, amenazantes (no los noviecitos, que se tiraban besitos cuando no los veían sus mayores). El abogado (un ave... digo, un ave/zado en tales lides) entraba y salía del despacho del señor juez. Nervios, tensión..., que ya viene el forense. Que "depende si constata penetración", que la cosa es grave, que la mano viene mal... Iba y venía (entraba y salía –como quien dice–, y perdonen el símil con la carátula del delito). En una de esas vueltas el ave, el abogado, me sacó a un estrecho pasillo de las escaleras del juzgado y me dijo: "Tu primo va a la paliza... hay una sola forma de zafar: pagando". Yo –que poseo cierta experiencia en estos asuntos de juzgados, jueces, juicios, sentencias, forenses, procesamientos, condenas y cárceles– y "creo en la justicia", le pregunté: "¿Cuánto?". El leguleyo me dijo: "Cuatrocientos dólares". Lo dijo impávido, no se le movió ni una pestaña, y agregó: "Pero se puede pagar en dos veces". (¡En dos veces! ¡Una ganga! ¡Hasta con crédito..., la justicia es mejor que Fucac!) Yo pensé: la virginidad de una niña vale 400 dólares...; desde otro punto de vista, la libertad de un hombre vale 400 dólares..., no está mal, es accesible..., se puede. "Pero yo no tengo ese dinero ahora", balbucié. "¿Pero lo podés conseguir?", preguntó el ave... Yo dudé. Mientras pensaba una salida noté dos cosas: que había unas palabras escritas a lápiz en la pared del corredor del juzgado y que en la angosta escalera, cerca nuestro, estaba sentado un gordo de traje, que nos miraba. El gordo me llamó: "Flaco, vení". Yo fui. Me senté al lado suyo en un escalón y me habló bajito: "Yo te conozco, flaco, vos le alquilaste varias veces equipos de audio para los actos del mln..., vos sos tupa, ¿no? Sos tipo de confianza... Mirá, yo estoy aquí para sacar a mi viejo por un auto contrabandeado de Brasil. Traje 2 mil dólares, lo que me dijo mi abogado, pero la farra me salió 1.600, así que tengo para darte tu 'tarifa'... a vos te salió más barato. Tomá", dijo, y sacó cuatro billetes de 100 dólares. Ya no dudé. Agradecí y me comprometí a pasar por su negocio en el correr de la semana para devolvérselos.
"Mi" abogado los embolsó y se metió en el despacho del señor juez. Hablé un rato con el gordo piola, lo llamaron para que se llevara al padre y me quedé solo, fumando de querusa en el pasillo, esperando... Me arrimé al grafiti y leí: "El que tiene plata se compra un perro, y el que no, aprende a ladrar". ¡Sabio, el filósofo anónimo!
Al final, mi primo salió libre. Nos tomamos un 103 hasta
la Seccional 18, en el camino Maldonado. Viajamos con milico y todo, su custodia, porque lo iban a liberar formalmente desde la comisaría. Días después fui a pagarle al gordo salvador; también días después me enteré de que la chiquilina "no había sido penetrada", según el forense. Así que además de "cobrarnos", en el juzgado nos estafaron.
Pasó el tiempo, mi primo y la niña se casaron y fueron felices. Llegué a la conclusión de que "la justicia existe... pero es cara", y que como dijo el Viejo Pancho: "jueces y perros / tuitos son lo mesmo", o algo así.
Mi primo nunca me pagó los 400 dólares. Mi primo nunca aprendió a ladrar. Yo sí.

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