La comunidad educativa del liceo Mario Benedetti
Las jornadas cumplidas esta semana en el liceo de camino Maldonado y Libia confirmaron que, a pesar de la dureza de la zona y a contramano de contextos familiares violentos, la tolerancia reina entre sus alumnos. Mucho se espera de ellos, y seguramente tienen mucho para dar. Paradójicamente los propios muchachos parecen los menos convencidos de esto.
“Lejos de la violencia” era la consigna de las jornadas realizadas lunes y martes pasados en el liceo 58, Mario Benedetti.* Y según acuerdan estudiantes y docentes, el Mario Benedetti realmente está alejado de las situaciones de violencia que caracterizan a otros liceos de la periferia. De explotación industrial en épocas pasadas, de prósperas fábricas que no funcionan más, esta zona ahora considerada de “bajo clima educativo” no responde a las necesidades de los chiquilines, según cuentan los docentes.**
No salen de ahí porque para estos jóvenes el barrio lo es todo, pero ese todo les da muy poco. No hay propuestas culturales ni de recreación, tampoco escuelas técnicas o más liceos, y los escasos medios de transporte traen consigo dificultades de movilidad. También hay pobreza, inundaciones, drogas y alcohol, y a veces todos esos factores componen la peor forma de violencia hacia los chicos, piensan los docentes.
Sin embargo, eso no se traslada al salón: el hecho de que en ese espacio lo común sea el intercambio de pareceres diversos en un clima de perfecta tolerancia es algo que les llama la atención hasta a los mismos chiquilines. Se han acostumbrado a la crítica con respeto. “Vienen de entornos violentos, y nosotros hacemos el esfuerzo para que el liceo no les devuelva más de lo mismo”, comenta una de las profesoras.
Los docentes reflexionaron el lunes –pero en un aula distinta a la de los estudiantes–, durante una jornada que resultó de lo más catártica y terapéutica para ellos. Llegaron a la triste conclusión de que no hay cultura de trabajo en colectivo entre sus estudiantes y que no reclaman por nada. Pero sobre todo, que pesa sobre ellos un espíritu derrotista. Les agobia tener “el camino tan cerrado”, pero también es el camino “más fácil” para ellos y el primero que eligen. “Tienen más miedo al triunfo que al fracaso”, porque el triunfo es lo nuevo, es el cambio. Según los docentes, pesa sobre estos jóvenes un “determinismo” asignado de generación en generación.
Una especie de “muerte social” apresurada. Así explican estos profesores la desmotivación y la deserción de sus alumnos: “de qué me sirve estudiar”; “para qué voy a llevar el cuaderno si mañana no voy a estar acá y voy a dejar el liceo”, oyen decir a sus estudiantes demasiado a menudo.
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