El Artigas tupamaro
- Última actualización en 01 Noviembre 2012
- Escrito por: Ricardo Scagliola
Decían que su objetivo era “proteger los sagrados restos del héroe del ataque aleve de que podrían ser objeto por parte de apátridas” y representar, en el nombre de Artigas, a una “generación de orientales que rechazó la locura terrorista”, “derrotó a la barbarie” e “hizo realidad la profecía del profeta”.
Treinta y cinco años después, con un presidente ex tupamaro, la izquierda remodeló y reinauguró la faraónica obra de hormigón y mármol. Con una diferencia: en su interior, el mausoleo integra ahora algunas frases de Artigas que, en cierta medida, representan su pensamiento. Se suman así al reducido número de hitos que la dictadura incrustó en sus paredes grises.
Con frases o sin frases, el mausoleo sigue siendo un lugar oscuro e insoportable. Una especie de rémora monárquica de la dictadura que gobierna el centro de la plaza Independencia, debajo de ese Artigas cabalgando que en 1923 interpretó el escultor Ángel Zanelli.
El cortejo partió del Palacio Legislativo puntual, sobre las 14.10. Fueron, en total, cuarenta minutos de viaje sobre una cureña tirada por seis caballos moros y acompañada, en un primer círculo, por dos perros cimarrones de lengua afuera y seis guardias de seguridad particulares. A ellos se agregó un cordón de obreros de la construcción y, más atrás, alumnos de escuelas públicas. El paso se hizo cada vez más lento. Y esta vez a Artigas le costó llegar hasta al mausoleo.
Varias veces los policías debieron retener a enfervorizados patriotas que se lanzaron, entre gritos y aplausos, sobre la cureña. Algunos transeúntes extendían sus celulares para sacar una foto. Otros aplaudían desde los balcones. Y mientras algún oficial escribía en su tableta electrónica vaya a saber quién, algunos tocaban bocina desde sus automóviles, reclamando abrir el paso para no llegar tarde al trabajo, a una reunión, o a la cita con su amante vaya uno a saber dónde. Curiosos, todos querían saber qué estaba pasando. Entre grito y grito, esa multitud parecía no querer dejarlo llegar. Quería retenerlo.
El ingreso a la plaza fue un calco de lo sucedido en 1977: dos soldados blandengues llevaron la urna hasta el pie del monumento a Artigas después del toque de diana y la orden del segundo jefe del batallón. Tras las vallas, un público que superaba ampliamente los 60 años aplaudía y gritaba. “¡Aprendan, políticos de mierda!”, lanzó una señora con cartera de charol y lentes de sol tuneados con la bandera uruguaya. “¡Andá, pituca!”, le respondió un señor de elegante traje gris mientras cinco gurises que pedían monedas miraban atónitos la escena.
El resto del acto tuvo la impronta del presidente. O, mejor dicho, del Artigas del presidente. No en vano, en su discurso, el antropólogo Daniel Vidart habló de “los tupamaros”, en referencia a cómo “los dueños del poder denominaban, con desprecio, a las tropas criollas de irregulares”. Esa referencia, impensable tiempo atrás, tiene su correlato en una nueva historia oficial en torno al artiguismo, narrada al son de “A Don José”. Y hasta las piedras saben a dónde va: viejo truco en un país donde hay Artigas para todos los paladares ideológicos. El de la leyenda negra, celeste y roja, el “Primer General” de la dictadura, ahora es el que vino de abajo, el alzado, el que se calzó un arma al cinto, el Artigas tupamaro.
Y es curioso que mientras todos esos Artigas conviven en un equilibrio casi perfecto, la exhibición de sus restos contrasta con el ocultamiento de otros huesos. Unos a la vista de todos, en el centro del poder político y financiero del país, exhibidos casi como un trofeo en una caja de ocho caras, y otros tan enterrados, tan tapados de cal y tierra, tan ocultos durante tanto tiempo. Si para buena parte de la izquierda la ausencia de los restos de sus militantes desaparecidos aparece como una profanación simbólica (y no tan simbólica) inaceptable, con Artigas pasa exactamente todo lo contrario: sus restos están al alcance de los ojos de todos y su imagen, por una orden del dictador Máximo Santos a Juan Manuel Blanes, atravesó más de un siglo de proliferación iconográfica desde aquel lejano 1886. Sin dudas, aquella fue una empresa exitosa: Artigas pasó a ser, de una vez y para siempre, la imagen del Estado uruguayo, la representación de un régimen político que lo trascendía.
En esa dimensión emotiva, mamada desde chicos a través de la escuela, los grandes medios de comunicación y el ceremonial de Estado, Artigas será imbatible. Lo demás será discusión, construcción humana, lucha política. Y ya no dependerá de Artigas, que no fue un revolucionario ni un traidor, ni un Dios muerto ni un demonio en vida, sino apenas un hombre de su tiempo. Un buen mozo, un sex symbol, un mujeriego, un paisano, un bagayero, un mamerto, un estratega, un blandengue, un gaucho picarón, un padre, un rocker, un rey o un demócrata convencido y militante, según la frecuencia cultural o ideológica que se sintonice. Hay Artigas para todos los gustos.


Comentarios
por la objetividad medular en el desarrollo de su nota perio
-distica, como asi tambien por la pormenorizada cronica
del traslado de los restos mortales del gran Gervasio Jose de
Artigas. Su descripcion de cada uno de los diversos asistentes, con sus particulares reacciones, son sumamente
interesantes tanto en el plano anecdotico como en lo social.
Saludo al autor, y a los Amigos de la Redaccion de Brecha.
Abrazos desde la otra orilla del Plata.
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