La pesada de Rivera, el crack
En Rivera la discusión sobre drogas tiene una vedette: el crack que avanza desde las cocinas de Santana y compite con un porro caro. Los otros excesos, los del consumo de cannabis y de alcohol, poco parecen importar. Como es previsible los usuarios de crack son altamente estigmatizados y hasta tienen su barrio de fantasía: Crackolandia.
Entre los caminitos de tierra colorada, los empedrados de cantos imperfectos, el portuñol da fronteira, los panchos con lluvia de papas pay, arvelhas, milho, mayonesas oleicas, ketchup e cerveja a vontade se extienden dos ciudades misturadas, se dibuja la frontera seca entre cerros, subidas y bajadas, colorada hasta el tuétano anuncia el verano con su prometedor sol, clima húmedo y lluvioso; es primavera en Rivera.
La ciudad es amable para el turista con dinero y también cálida con todos los que andan nas rúas de a pie. Buena parte de su población vive trabajando para los free shop y los servicios asociados a estos comercios libres de impuestos para los brasileños, esos marineros de agua dulce que amarran sus naves espectaculares con ruedas y baúles del tamaño de su país, que desembarcan para comprar todo a precio de bicoca como si el mundo se fuera a terminar el lunes. Las últimas chucherías tecnológicas, los caldos más refinados, quesos y dulces, vestimentas a tono con los tiempos del chat y la soportable levedad del humano, la del líving luminoso de sillones cómodos, televisor de mil pulgadas, comida y bebida abundante y almíbares de sobremesa a discreción.
EXCESOS DA FRONTEIRA. La frontera es lugar de exceso, no sólo para el consumo de bienes libres de gravámenes, mais ainda, o sobre tudo, de bienes simbólicos. Una veinteañera terminó su turno en la heladería. Es sábado a la noche, pasadas las dos de la madrugada, acondicionó el local, cerró la cortina y se fue en su moto a la plaza a tomar unas cervezas. A las ocho del domingo se levantará para repartir volantes de un free shop. Me comenta, con ojos al cielo estrellado de noche templada, que si Dios quiere la van a ascender en la tienda liberada y dejará de sugerir sabores y salsas para helados y de aguantar a los brasileros que comen cremas refrigeradas hasta reventar después de tamborilear con garfos e facas el plato repleto de carnes uruguayas que se sirven al chinchín de birras y tintos de etiqueta celeste en la calle Sarandí por donde pavonean autos de dos países entre vidrieras, plenas y el folclore sureño de los brasileros de look cowboy o casual. Cada vez más y más negocios abren sus escaparates ofertando productos que vienen del otro lado del Ecuador, reconocidas marcas de aeropuerto, de zona franca y las botellas de whisky que siempre piden los amigos o la familia del que viaja. Recientemente los brasileños aprobaron la construcción de un free shop para uruguayos, pues desde que Eduardo Zaindesztat (ex director de la oficina impositiva uruguaya) se tomó a pecho su trabajo la cantidad de comercios que venden sus manjares a orientales decreció sigilosamente en la Sarandí (arteria económica y social riverense), sus paralelas y transversales aledañas.
El consumo de chucherías no es privativo de los que andan en cuatro por cuatro. En el Parque Internacional, entre carritos de comidas rápidas, pipocas, crianças y policías de dos países, aparecen los primeros zombis de ojos saltones. Si en Montevideo la pasta base es la princesa maldita del imaginario colectivo, en Rivera el crack es la pócima que calienta la caldera de las brujas de Salem. No es joda el asunto, ni changa. Dianara de Freitas es la coordinadora del centro de escucha de la Junta Local de Drogas del Departamento de Salud en Rivera. Es operadora terapéutica; ha hecho cuanto curso sobre adicciones encontró; tiene frescura, inteligencia y soltura para hablar. Conoce el tema y a los usuarios problemáticos. Dice que el craque es peor que la pasta base, me cuenta de pibes que llegan en calzoncillos al centro de salud en la Sarandí después vender hasta el alma al dealer. Recuerda dos casos de chicos que se encadenaron en sus casas para frenar la compulsividad que despiertan las cocaínas fumables. De Freitas entiende que el consumo de drogas no necesariamente causa adicción y que mucha gente lo lleva bien. ¿Pero qué hacemos con los que no aguantan? Me pregunta y yo le pregunto justamente eso, porque ella además de coordinar el centro de escucha recibe llamadas telefónicas a su móvil día y noche, a veces con amenazas porque se ha metido al “cante” a sacar a las pibas de las situaciones más espantosas si es necesario.
Asevera que durante el año pasado fueron 400 los chicos que llegaron al centro de salud en busca de alguien que los escuche. Como tiene buen oído y es dada a la conversa, ella los contiene, al menos un rato, sin prisa y sin pausa desde el año 2009, cuando abrió el centro. Los mira a los ojos sin culpabilizarlos, con la simple mirada que no pide nada más que un compromiso, si quien está consultando lo quiere asumir. Y dice que son muchos los que aceptan el desafío. Hay quien le pidió pelo amor de Deus la internación, que por favor lo ataran, y ella a veces accede. En el Pabellón de Psiquiatría del Hospital de Rivera hay unos cuantos chicos enganchados con el crack y la pasta, pero los métodos de tratamiento son de otra época, cuando no existían las cocaínas fumables, tiempos en que la sífilis enloquecía a la gente. Los psiquiatras dejan a los usuarios en una isla de cuatro paredes durante meses de benzodiacepinas y boca seca. Ese “reseteo” de los neurotrasmisores es la terapia típica a la que recurren los que ya no saben qué hacer con ellos mismos. En los centros de salud los adictos son siempre sospechosos de robos y las opiniones de estilo tremendista campean con orgullo fascistoide: es mejor que los maten a todos, la salud es para los que se portan bien. Claro que el discurso cambia si el que consume es un referente de la comunidad, un empresario exitoso o un intelectual refinado.
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