Brecha Digital

Elogio de la praxis

Brecha en la IX Asamblea General del Clacso

Cuatrocientos representantes de universidades y centros de investigación de más de veinticinco países de todo el mundo se reunieron en México para debatir sobre el estado de las ciencias sociales y trazar nuevas orientaciones de cara a lo que se viene.

Tras diez años de posneoliberalismo, se trata –dicen– de apuntalar los procesos de cambio en América Latina, tendiendo nuevos puentes con la izquierda gobernante. En esta entrega, Pablo Gentili, nuevo secretario ejecutivo del Clacso, cuenta su visión del rol de las ciencias sociales. Ricardo Scagliola desde México Ernesto Che Guevara moría asesinado en Bolivia y Gabriel García Márquez publicaba en Buenos Aires la primera edición de Cien años de soledad en un vertiginoso año 1967, lleno de significados relevantes para América Latina. Aquellos dos acontecimientos terminaron por proyectar, definitivamente, a nuestro continente en el mundo. Eran tiempos de labranza: la fundación del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso) como un foco de pensamiento crítico y resistencia frente a la andanada neoliberal alimentó la esperanza de que este lugar del planeta pudiera, algún día, pensarse a sí mismo a partir de su propia historia, sus especificidades, sus intereses. No tan conocida como el realismo mágico de García Márquez o el mítico legado del Che, la trayectoria del Clacso como usina de análisis y crítica de los procesos políticos del continente no pasó inadvertida. En 45 años Clacso pasó a ser una de las redes universitarias más importantes del mundo. Los números hablan por sí solos: 259 centros asociados en 25 países de América Latina y el Caribe, Europa, Estados Unidos y Canadá; 30 grupos de trabajo temáticos de los que participan más de 1.500 investigadores de 28 países, y una red de posgrados que reúne más de 500 maestrías y doctorados, donde actúan 7 mil docentes y más de 30 mil alumnos. La gravitación de esta red en el pensamiento latinoamericano es, a esta altura de los acontecimientos, indiscutible. Cada tres años, el consejo reúne a su máximo órgano institucional: la Asamblea General. Entre sus principales atribuciones se encuentran la de elegir autoridades y orientar sobre los contenidos del programa de trabajo propuesto para el período inmediato. A lo largo de su historia el Clacso ha acompañado los procesos políticos más avanzados del continente, analizándolos y apuntando sus potencialidades, límites, contradicciones y perspectivas. Durante mucho tiempo las ciencias sociales sostuvieron la denuncia y la crítica como principales armas para confrontar la oleada neoliberal. Pero hoy, cuando varios países del continente experimentan la construcción de alternativas políticas al neoliberalismo, las ciencias sociales buscan ponerse a tono. Se trata, sostienen los cientistas sociales, de nutrir a la práctica política de la buena teoría, rigurosa, crítica, comprometida. De apuntalar una práctica transformadora de la realidad. En definitiva: de no rehuir de la política. Hace pocos días, la XXIV Asamblea General del Clacso, celebrada en la ciudad de México del 6 al 9 de noviembre, constituyó un vigoroso llamamiento a que la capacidad crítica del pensamiento social latinoamericano se vuelque de forma decidida a los retos concretos que los movimientos y los gobiernos de la región están enfrentando. Sobre los desafíos que tiene ante sí el pensamiento crítico en la actual coyuntura regional y mundial, Brecha conversó con el argentino Pablo Gentili, un investigador especializado en educación, de 48 años, elegido como nuevo secretario ejecutivo de la red, en remplazo del filósofo, sociólogo e investigador brasileño Emir Sader, del que se confiesa admirador. No en vano al asumir, más en serio que en broma, Gentili lanzó su propia declaración de intenciones: “Cuando sea grande yo quiero ser como Emir Sader”. —Esa también era una declaración de continuidad con el trabajo realizado por Sader. —Sí, claro. Y además un símbolo del afecto. En el fondo, todos queremos ser como Emir. Su trabajo ha sido realmente importante para las ciencias sociales en el continente. —¿Qué lectura política hace de la asamblea del Clacso? —La asamblea se hace en un momento en que en América Latina se están desarrollando experiencias de gobiernos posneoliberales hacia los cuales Clacso tiene una simpatía especial. Por eso, de alguna forma, esta asamblea es un punto de inflexión respecto a otras. Esta tendencia ya se vio durante la anterior instancia, en Cochabamba, pero ahora parece más definida. Y tiene que ver con cómo las ciencias sociales se posicionan ante estos gobiernos. Es un gran debate en qué medida las ciencias sociales tienen que contribuir formulando insumos, ideas, propuestas, para que los conocimientos sociales que se han ido acumulando en la investigación social de todos estos años contribuyan a la formulación de políticas públicas que puedan atender los grandes problemas que hay en las sociedades latinoamericanas contemporáneas. En la medida que estos gobiernos tienden a estabilizarse, las perspectivas políticas muestran que –aun cuando precisan hacer muchos cambios– tienen apoyo popular y una perspectiva de permanencia en el poder, y aquello que parecía una oportunidad histórica efímera tiende a parecer más estable, eso nos lleva a plantearnos qué papel tienen que cumplir las ciencias sociales en este contexto. —¿Las carencias en materia de pensamiento crítico y análisis prospectivo en estos gobiernos tienen algo que ver con este viraje que empieza a consolidarse en las ciencias sociales? —Sí. Por eso yo creo que en todos los países –en unos más, en otros menos– es necesario consolidar estos diálogos entre las ciencias sociales y la política. Por varios motivos. Primero, porque desde las ciencias sociales hay una cierta visión que se ha instituido a lo largo de estos años, reactiva con relación al poder, básicamente por una relación de desconfianza. Los gobiernos habían sido dictatoriales o conservadores, pero todos muy poco receptivos a las propuestas que podían surgir de las universidades. Éstas cumplieron un papel de denuncia, de crítica durante los años ochenta y noventa, años de hegemonía del neoliberalismo. En su momento, al inicio de estos gobiernos progresistas, la falta de puentes podía entenderse por cierta desconfianza de cuánto iban a durar estos procesos de cambio. Pero ahora nos encontramos con que ya van diez años de posneoliberalismo en América Latina. Dejó de ser una posibilidad para convertirse en una realidad afirmada y, además, con muy buena aceptación por parte de la población. —Siempre existe una gran tensión entre el hacer política y el trabajo intelectual. —Yo creo que todo trabajador intelectual hace política, lo que no quiere decir que esa política se traduzca en una dinámica de militancia político-partidaria, sindical o social. Pero hace política en la medida que produce un insumo que es fundamental para la acción política: el conocimiento. Todos hacemos política, por lo menos si lo interpretamos desde una perspectiva de izquierda. Siempre hay política. El tema es que hay una tradición en el campo intelectual latinoamericano de cierta preservación ante las contingencias del poder. Cuando el poder está dominado por grupos reaccionarios y conservadores, esa posición es más tranquila, o queda más preservada, porque diga lo que yo diga no me van a escuchar. Pero cuando el que está en el ejercicio del poder escucha, la cosa cambia… —¿Qué apuestas revela su designación como secretario ejecutivo? —A nivel de la acción que Clacso puede desarrollar, existe una gran preocupación –y esto fue clave en la discusión de la asamblea en tanto mandato para la nueva gestión– por contribuir con el desarrollo del pensamiento social crítico en países donde las ciencias sociales tienen un peso relativo muy poco significativo. El caso emblemático es Haití. Nosotros estamos empezando un plan de trabajo para contribuir a la formación de cuadros intelectuales haitianos, jóvenes, en diferentes campos, a partir de procesos de formación de posgrados. Los jóvenes haitianos, antes de empezar la universidad o apenas al terminarla, emigran, en general a Canadá. Lo que esto genera es que haya más médicos haitianos en Canadá que en todo Haití. Este drenaje de recursos, de cuadros profesionales, que Haití vive cotidianamente, sólo podrá disminuir en la medida en que el país desarrolle capacidades propias para formar a sus jóvenes intelectuales. Ahí hay una gran apuesta. Y más que una definición de los temas de investigación, que son los grandes temas que las ciencias sociales históricamente tienen, lo que hoy hay es una forma diferente de interpelar a esos temas, de llamarlos y de entenderlos de manera diferente. —Póngame un ejemplo. —Yo hoy puedo hacer una discusión en torno al tema de la inseguridad ciudadana y la violencia. Es un gran tema que durante décadas, en los sectores del pensamiento social crítico latinoamericano, se ha tratado desde una perspectiva claramente crítica con relación a la acción represiva de los gobiernos, a las violaciones de los derechos humanos, los procesos de criminalización de los movimientos sociales, la violencia de género, y todos estos asuntos asociados al tema de la violencia ciudadana, al poder represivo y antidemocrático que tienen las fuerzas de seguridad pública, la policía, los ejércitos. Todo este debate continúa, pero aquí hay un problema. Hoy, quienes están ejerciendo el control de los ejércitos y las policías no son gobiernos reaccionarios y conservadores: son gobiernos progresistas. Entonces ahora la inseguridad pública es para la izquierda un problema real. Nosotros podemos seguir diciendo que el ejército y la policía ejercen una función represiva que de manera general viola los derechos humanos y que especialmente criminaliza y ataca a la población juvenil más pobre, basándose muchas veces en principios racistas, profundamente sexistas, pero también tenemos que poder decir qué cosas tenemos que hacer para que esto no siga ocurriendo una vez que un gobierno de izquierda asume el poder… Si la izquierda está en el poder hace diez años y las tasas de homicidios no disminuyen, además de tener una evidencia muy concreta para el análisis crítico –la persistencia de los niveles de violencia–, tenemos un problema, y hay que buscar una solución práctica. —No quedarse sólo con el diagnóstico. —Exacto. Y hay cuestiones que nos están revelando los gobiernos posneoliberales que son complejas de analizar y de entender. Hay países donde han mejorado sustantivamente los niveles de bie­nestar en términos, por ejemplo, de disminución de la pobreza, y sin embargo no ha disminuido la violencia. Nosotros siempre dijimos que si había menos pobres la gente viviría mejor e iba a haber menos violencia. Bueno, no es tan así. Es verdad, hay que atacar las causas de la inseguridad. Atribuirle la inseguridad a los pobres también es reaccionario, y esto la izquierda lo ha dicho muchas veces: hay inseguridad porque hay pobres. Este es un discurso que a la derecha le gusta mucho, porque criminaliza a los pobres: “Hay violencia porque los pobres son violentos”. Ergo, si dejamos de tener pobres, dejaremos de tener violencia. Combatimos la pobreza, y de paso, la violencia. En Venezuela, en Brasil, en Uruguay, ha disminuido la pobreza y no ha disminuido la violencia. Entonces, está muy bien que disminuya la pobreza, pero la violencia tiene causas más complejas, que tienen que ver con factores más complejos: la cultura, las relaciones sociales, las instituciones políticas, las instituciones judiciales. La violencia de género, que es una de las expresiones más claras de la violencia familiar, tiene raíces culturales y raíces jurídicas. Ocurre que mientras la violencia de género persiste y continúa, las condenas por estos casos son casi inexistentes. En este escenario, la derecha se hace la gran fiesta, porque es ese el discurso sobre el que se puede afirmar en una posición reactiva y represiva. Sobre todo teniendo en cuenta que la gente piensa equivocadamente que la violencia se termina con más violencia, lo que también es un indicador de cómo se vive la violencia en nuestras sociedades. Y la izquierda no tiene soluciones. —Hay fenómenos que vienen surgiendo con mucha fuerza. Por ejemplo, la violencia intrafamiliar. Y nos encontramos, a su vez, con que en estos años el concepto que teníamos de familia cambió radicalmente. ¿Cómo inciden estos otros procesos sociales? —Todas las formas de sociabilidad que existen en nuestras sociedades, las formas de organización identitarias que existen, cómo se compone la estructura familiar, han cambiado significativamente, y esto hace a los avatares de la violencia. El modelo de familia tipo –un hombre, una mujer, dos hijos– se ha hecho hoy mucho más diverso. Hoy todos los censos realizados en América Latina muestran que ese prototipo de familia convencional, aun cuando en algunos países sigue siendo el modelo mayoritario, ha perdido un peso muy significativo. Es como el tema de la religión: los países siguen siendo católicos y cristianos de manera general, pero hoy hay una riqueza en el campo religioso que no puede medirse con las herramientas tradicionales de adhesión religiosa de veinte años atrás. Ahora, el tema justamente es cómo las ciencias sociales contribuyen, ante cambios tan profundos en la estructura familiar, a generar cambios en la legislación y cambios culturales. Los códigos civiles que tenemos son de cien años atrás, y no reconocen, por ejemplo, los derechos de personas que mantienen una unión estable y son del mismo sexo. El reconocimiento de ese derecho hoy es una necesidad fundamental. Y la sociedad que no ampara ese derecho, hoy tiene un problema. Porque hoy hay muchas personas del mismo sexo que se unen afectivamente y que tienen bienes y hasta hijos en común. Tengo una herramienta jurídica que se contrapone con una realidad que no es excepcional, sino que es muy común. También se ve en el caso de la salud pública. El tema del aborto también es un tema altamente complejo hoy en América Latina, porque la evidencia más clara hoy es que el tema del aborto ya no es un tema de conciencia, como se veía tiempo atrás: es un tema de salud pública. Miles de mujeres jóvenes mueren en América Latina por abortos clandestinos hechos en pésimas condiciones. Para la derecha esta agenda de nuevos derechos opera sobre una plataforma que tiene décadas y décadas de consolidación de una visión conservadora, patriarcal, reaccionaria de la organización de la vida. Si la izquierda consigue demostrar que puede dar una respuesta a estos temas no sólo teórica, explicativa, sino también política, de cómo estos cambios pueden ser administrados de otra manera, la batalla está ganada. Estas cosas, que fueron vistas como una gran amenaza, pueden volverse una gran oportunidad. Cuando la izquierda apela a estas transformaciones que hacen a la sustancia de la sociedad, mal no le va. La gente quiere respuestas a esos problemas, quiere entenderlos, y quiere solucionarlos. Cuando la izquierda titubea, es la derecha la que marca la agenda de lo que hay que hacer, y la izquierda sale corriendo atrás de esa agenda para evitar la condena pública. —Durante mucho tiempo las ciencias sociales se dedicaron a estudiar a los pobres. ¿Por qué no se estudia en profundidad a los ricos? —Ese es un gran tema. Es interesante cómo esto también está cambiando en América Latina. Durante tantos años el pensamiento social estuvo vinculado a la crítica al capitalismo, analizándose sus consecuencias: la pobreza, la explotación, la discriminación, el sexismo, el racismo. En este contexto, empieza a quedar cada vez más claro –y esto es algo que Marx había visto hace bastante más tiempo– que la producción social de la pobreza está directamente vinculada a la producción social de la riqueza. Para entender por qué existen los pobres que hay es necesario estudiar a los ricos que tenemos, y por qué son tan ricos. El análisis del poder comienza a interesar cada vez más a los cientistas sociales. Lo mismo con el tema de la educación. Cuando un investigador analiza el tema de la educación generalmente se vuelca al tipo de educación que reciben los más pobres, pero hay que entender muy bien cómo se están formando los más ricos: dónde estudian, qué estudian, por qué. Qué aprenden, cómo aprenden.

 

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