Residencia carnal

Mirando cuerpos (piel y carne, género y medios)

Un cuerpo fuerte, musculoso, tatuado. La cabeza rapada. Usa un pantalón deportivo y el torso desnudo. Sudado. Es el centro del espectáculo, del rito. Aunque su condición de militante ha sido discutida, René es un cuerpo guerrero, sacrificado, sincero. Un cuerpo que roza la estética “marra”, lo “plancha”, lo  “pendenciero” y lo “chongo”.
Los que se mueven en el escenario son hombres. En la historia de la música popular y de escucha masiva ha habido varios personajes que han marcado cuerpos masculinos diferentes. Elvis Presley en Estados Unidos, Raphael o Miguel Bosé en España, Renato Zero en Italia –sólo para nombrar algunos de los casos más emblemáticos– ponen a su cuerpo como centro del discurso. Han apostado no sólo a la música o la letra, sino que su cuerpo y gestualidad son también fuerzas importantes de la provocación comunicativa. Como afirma el primer axioma del psiquiatra de la escuela de Palo Alto Paul Watzlawick: es imposible no comunicar porque es imposible no tener conducta. Es verdad que es imposible que la sola presencia de un cantante en un escenario no comunique algo. Pero hay una distancia diferente en el rito cuando éstos son cuerpos discretos o, en caso opuesto, expuestos.
El rito del espectáculo es pura significación, ha observado Bourdieu. Sirve para explicarle a alguien lo que es y establecer, entonces, que tiene que conducirse consecuentemente a como se le ha significado. El rito produce lo que designa. Es un acto de comunicación ya que carga de sentido a alguien, lo dota de identidad. Lo que es y lo que no. Mantiene distancia pero a la vez une, trata de que algunos mantengan distancia de otros. Los que están arriba. Los que están abajo del escenario. Mientras tanto, cada vez más el cuerpo masculino entra en ese juego de ponerse como objeto de la mirada, de lo erótico. La publicidad, así como otros productos comunicacionales, cada vez recurren más al varón para mostrarlo. Acá nomás, la marca de ropa interior Prili adoptó hace años esa retórica. En ese juego de mostrarlo, el cuerpo masculino se vuelve objeto. Sin embargo la técnica corporal hegemónica establecía que lo que hace a un hombre no es mostrarse; hombre es el que mira.
Ser objeto es peligroso. Para algunos resulta ubicarse en un lugar de ambigüedad, en lugar de lo femenino, o en todo caso de lo homosexual, todavía. El pasado octubre el cartel publicitario de Nackte Manër (“Hombres desnudos”), del Museo Leopold de Austria tuvo que ser retirado porque había en él “cuerpos desnudos masculinos”. René, al contrario, simboliza a los que ponen su cuerpo en exhibición, el Residente reside su cuerpo. Toma conciencia de él. Ya lo han hecho –sin ese cometido e intención pero con mucha audiencia femenina y ¿por qué no? masculina– los jugadores de fútbol de la selección nacional. En esto también han sido emancipados de mandatos y disfrutan de libertad para interpretar sus cuerpos. La misma libertad que tiene el hombre de decidir y repensar su cuerpo.

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