Brecha Digital

Además de los súper científicos

El nuevo libro de Henry Giroux

Coeditado por la Udelar y Criaturaeditora, el nuevo trabajo del crítico cultural estadounidense desnuda la profundidad de la mercantilización del sistema educativo de Estados Unidos y discute el discurso “pedagógico” que exporta.


Celebremos la publicación de La educación y la crisis del valor de lo público. Desafiando la agresión a los docentes, los estudiantes y la educación pública, de Henry Giroux.
Este libro es una primicia en español y su iniciativa corresponde a Extensión Universitaria, que encomendó su traducción a Inés Trabal, su prólogo a Pablo Martinis y la coedición a Criaturaeditora. El resultado es formalmente impecable y políticamente insoslayable.
Desde dentro, de manera documentada, con amplio conocimiento de causa y con perspectiva compartible, Henry Giroux desentraña los efectos de políticas educativas que Estados Unidos produce y que nosotros compramos (vía organismos internacionales, expertos, bibliografía española, posgrados, etcétera) como si se tratara del recetario milagroso que fabrica modernidad, como la visa exigida por la contemporaneidad.
Giroux muestra lo añoso de estas políticas, al citar autores que ya en 1963 señalaban sus aberraciones, en particular, su antintelectualismo y su culto a la instrumentalidad: “Una y otra vez, pero más particularmente en los últimos años, observamos que el intelecto es resentido en Estados Unidos, donde se lo considera una suerte de excelencia, un reclamo de distinción, un desafío al igualitarismo, una cualidad que casi seguramente priva a un hombre o una mujer del toque común. El fenómeno impresiona fundamentalmente en la propia educación. Es posible alabar, e incluso defender, la educación estadounidense por muchos motivos; pero creo que nuestro sistema de enseñanza es el único en el mundo que ha permitido que segmentos vitales queden en manos de personas que alegre y militantemente proclaman su hostilidad hacia el intelecto y su ansia por identificarse con jóvenes que muestran una mínima promesa intelectual”.*
Por mi parte, recordaré el juicio que Kafka hace en América, novela que en 2013 cumplirá cien años y que cuenta la historia de Karl, un joven europeo que llega a Estados Unidos, y que al buscar trabajo, se disculpa diciendo: “No debe creer que yo podría, de algún modo, ganarme el sustento en forma decente (…). Es lamentable: mi educación fue muy poco práctica en ese sentido. Durante cuatro años fui un alumno mediocre de un colegio secundario europeo, y para ganarse la vida eso es mucho menos que nada, ya que nuestros colegios secundarios o ‘gymnasium’, están muy atrasados en sus planes de enseñanza. Se reiría si le dijera lo que estudié. (…) Ahora, desde hace poco tiempo, se instala en mi país de cuando en cuando algún ‘gymnasium’ modernizado, donde se estudian también lenguas modernas y quizá ciencias económicas (…)”.
Hay una afirmación que se repite en el libro de Giroux: la enseñanza pública estadounidense es la vía rápida para la cárcel (págs 141, 157). Son conocidas las reflexiones de Michel Foucault sobre el comparable dispositivo carcelario y escolar; Giroux se refiere, en cambio, a recorridos sucesivos: de uno se pasa al otro, según un único sentido. La escuela pública estadounidense, a fuerza de persistir en ciertas opciones políticas, se ha convertido en la antecámara de la cárcel, para los pobres, sean del color que sean, pero preferentemente si son negros.
Esta afirmación de Giroux se entiende junto con su concepto de “población descartable”, población cuya existencia queda librada a la más desnuda de las vidas desnudas, a la vida con poca palabra y con poco consuelo. Población con cuya fuerza de trabajo ya no se cuenta: la cárcel está en su currículum, luego de una estadía en las escuelas públicas.
(Como señaló Pablo Martinis durante la presentación del libro, en Uruguay cabe temer que una parte de la población ya considere “población descartable” a otra parte de sus compatriotas, si nos atenemos al éxito de la colecta de firmas y a las encuestas sobre la baja de la edad de imputabilidad.)
El sistema educativo, sin pudor y sin escrúpulo, sustituyó la dirección de escuelas, liceos y universidades por la “gestión de centros”, haciendo del modelo empresarial el único horizonte concebible: así los maestros y profesores, tradicionalmente al frente de escuelas, liceos y universidades debieron ceder la dirección a especialistas en “gestión”, so pretexto de sus incapacidades para administrar. Alcanza con fijarse en el número extraordinario de maestrías, másters, posgrados y doctorados ofrecidos por las universidades privadas y destinados a formar en gestión en el ámbito de la educación. Por esta vía, so pretexto de corregir la incapacidad docente para administrar, se impusieron criterios ajenos al mundo de la educación, y propios del mundo de los negocios.
La política educativa radica entonces en el intento de transformar el sistema de enseñanza en un sistema empresarial, y esto es mucho más que fomentar instituciones privadas: supone la privatización de lo público mediante la adopción de perspectivas que son ajenas a su índole y que son propias del mundo de la empresa.
El espíritu y la práctica empresarial que colonizaron el campo educativo prohijaron, en Estados Unidos, situaciones sobre las que vale la pena estar advertido. Por ejemplo, causa espanto, desde una perspectiva de escuela pública, obligatoria y gratuita, la existencia de “cadenas de centros universitarios con fines de lucro”. En Uruguay, por mucho que nos asombremos ante la prosperidad edilicia de, por ejemplo, la Universidad de Montevideo o de la Universidad de la Empresa, ambas instituciones, como todas sus semejantes, existen bajo el rótulo “instituciones educativas sin fines de lucro”. Henry Giroux señala los efectos de un régimen para el cual la enseñanza es “un producto” que produce “la industria de la educación” y que por lo tanto está sometido a “fines de lucro”. Por ejemplo: “una denuncia realizada en Bloomberg.com reveló que Robert Silberman, presidente y director general de Strayer Education Inc, una cadena de centros universitarios iniciales con fines de lucro, recibió 41,9 millones de dólares de compensaciones para el año 2009. Si bien estas corporaciones de la enseñanza privada obtienen 90 por ciento de sus ingresos de programas de ayuda económica federal (sus estudiantes están dejando de pagar sus préstamos a una velocidad tres veces mayor que los estudiantes de las instituciones privadas sin fines de lucro), los directores generales de estas instituciones se están forrando con enormes salarios a costa de los estudiantes que pueden estar devolviendo préstamos universitarios durante el resto de sus días”. Cómo conciliar las prácticas de mercado con el hecho de que “desde 2003 nueve personas con información privilegiada de centros de enseñanza superior inicial con fines de lucro vendieron más de 45 millones en acciones por cabeza (y de que) Peter Sperling, vicepresidente de Apollo’s University of Phoenix, el mayor centro universitario inicial con fines de lucro, acumuló 574,3 millones de dólares” (pág 112).
Por cierto, no se trata de un derrape, de un caso aislado; como lo ilustra Giroux, es nutrida la lista de “cadenas de institutos universitarios” y de sus altos ejecutivos, enriquecidos como sus colegas de McDonald’s o de Coca-Cola.
El mecanismo de lucro es infame, puesto que funciona con el dinero prestado por el Estado y con las deudas contraídas por los estudiantes: “para recabar ganancias, los centros de enseñanza deben atraer un flujo constante de estudiantes; lo logran facilitándoles la obtención de préstamos respaldados por el gobierno, que para muchos estudiantes resultan imposibles de devolver, y los dejan cargados con una deuda de varios miles de dólares”. Los índices de deserción, en estas instituciones, es muy alto; esto significa que los estudiantes, en lugar de egresar con un título universitario, abandonan los estudios provistos de una deuda agobiante, impagable.
(En ese sentido, sería bueno que, en Uruguay, se prestara atención a la vecindad entre instituciones de enseñanza privada y bancos, visible en las mutuas publicidades, en el esponsoreo de actividades “académicas” por parte de los bancos, en el elocuente emplazamiento de una agencia del Banco Santander, enclavada entre dos alas del edificio de la Universidad Católica en la avenida 8 de Octubre, etcétera.)
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