Con José Vicente Tavares
Es uno de los expertos del continente en temas de seguridad ciudadana. Sostiene que América Latina pasó de una doctrina de la seguridad nacional a una equivocada noción sobre “la inseguridad”, un discurso que –explica– ha logrado permear a la ciudadanía al punto que las personas que se sienten en riesgo tienen “la certeza de que tarde o temprano, sin necesidad de hacer cálculos, serán víctimas”. En una entrevista realizada en el marco de la asamblea del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), Tavares critica con dureza la propuesta de bajar la edad de imputabilidad a los 16 años: “No resuelve nada; sólo genera miedo, estigmas y más violencia”.
A los que hablan de “inseguridad” en Montevideo, este veterano experto en temas de violencia y seguridad ciudadana les sugiere que pongan atención a lo que ocurre en la periferia de San Pablo, la mayor ciudad sudamericana y la segunda más poblada de América Latina. Entre el 24 de octubre y el 12 de noviembre, al menos 191 personas fueron asesinadas, casi todas en la periferia, casi todas pobres o muy pobres. La media marca casi diez muertos al día. “En algunos barrios de la región sur de la ciudad aún hay toque de queda, impuesto por los criminales, a partir de las cinco y media de la tarde. Los comerciantes reciben llamadas telefónicas ordenando el cierre de sus negocios, muchas escuelas suspendieron las clases y hasta las iglesias y templos suspendieron sus misas nocturnas”, comenta. El blanco de los homicidios son, en su mayoría, policías, a causa del narcotráfico, pero entre los muertos hay de todo. Desde una niña de 11 años a adolescentes sin vínculo alguno ni con el crimen ni con la policía.
Hay un sinfín de razones para esa nueva ola de violencia que asombra a la ciudad más rica del continente. En general, el fenómeno tiene raíces profundas: la desigualdad social; el notable crecimiento de los mercados de armas y drogas asociados con la globalización y el crimen organizado, y las heridas aún abiertas de las crisis económicas que hace décadas azotaron al continente. La dura realidad cachetea a todo el vecindario, una América Latina que bate récords como la región del mundo con la tasa más alta de homicidios promedio por habitante (27,5 cada 100 mil). Para entender éste y otros fenómenos, Brecha conversó con José Vicente Tavares dos Santos.
—¿Cuáles son las causas de este incremento en la cantidad de homicidios que se viene constatando en América Latina?
—Nuestro continente es hoy más violento que hace diez años. Nosotros tenemos tres países que son muy inseguros: Brasil, Colombia y Venezuela. Esos tres países están bien arriba de la tasa media de homicidios. Por otro lado, tenemos a países como Argentina, Chile y Uruguay donde la tasa de homicidios sigue siendo muy baja. Las causas son muy diferentes. Hay una gran causa que es la desigualdad social. Brasil es un país muy rico, es la sexta economía del mundo, pero tiene desigualdades sociales muy grandes. Lo mismo sucede en Colombia, por ejemplo, donde el narcotráfico, la guerrilla y los paramilitares han sido ingredientes casi letales. En Venezuela hay también una tasa de homicidios muy elevada, además del narcotráfico, vinculada a las penurias económicas por las que ha atravesado. Ahora bien, el incremento de las tasas de violencia en las décadas más recientes se debe sobre todo a factores que operan a nivel macro de la sociedad: profundas inequidades sociales, expansión de las redes de narcotráfico, grupos paramilitares...
—Se ha hablado mucho de un llamativo aumento de la violencia doméstica.
—Es así, hay un notable incremento de la violencia doméstica. Los episodios de violencia se dan, sobre todo, entre personas conocidas, integrantes de una misma red social.
—¿Qué nos revela ese dato?
—La resolución de los conflictos sociales mediante la violencia. Para ponerle un ejemplo: hay una diferencia muy grande entre estos países y los países europeos, especialmente Francia, donde hay una cultura de resolución de conflictos mediante el diálogo, la palabra, socialmente muy arraigada. En América Latina, en cambio, hay una cuestión cultural de resolución de los conflictos sociales con la utilización de métodos violentos.
—¿Ha investigado la raíz histórica de ese factor cultural?
—Sí, fundamentalmente podemos decir que se debe a la poca separación de la esfera pública y la privada. La clase dominante utilizó siempre, de una manera constante, la violencia. Por ejemplo, para reprimir a los campesinos: los grandes propietarios se sirvieron del Estado para producir más dominación. Lo otro que pienso es que se carece de una cultura de diálogo. Y la cuestión machista, claro, que es aún muy fuerte en América Latina.
—En los años setenta los gobiernos militares hablaban de una doctrina de la seguridad nacional. ¿De qué podríamos estar hablando hoy?
—En otros contextos políticos, la amenaza a la seguridad fue identificada con el comunismo, lo que hoy nos permite establecer comparaciones entre el discurso de la inseguridad y aquella doctrina de la seguridad nacional. Ahora, el discurso político gira en torno a la inseguridad. Está en la agenda de todos los países de la región y, sobre todo, de los partidos de derecha. Pero la inseguridad, entendida así, genera más violencia, la violencia genera miedo, el miedo un mayor control social, más reglas, más normas, más prisioneros y, por consiguiente, más violencia. Deberíamos hablar de seguridad ciudadana y hasta de convivencia, pero no de “inseguridad”. La inseguridad es un discurso, ni más ni menos, y remite más bien a un sentido común en relación con el riesgo. Y en casos como éstos, créame, no existe el sentido común. Las personas que se sienten en riesgo tienen la certeza de que tarde o temprano, sin necesidad de hacer cálculos, serán víctimas. Y este es el principal logro del discurso de la inseguridad: nos convenció de que estamos en riesgo sin ninguna valoración de las probabilidades. Hoy estamos yendo hacia algunos análisis que hablan de una cuestión en espiral, ya no tan lineal: la violencia genera miedo, y el miedo genera mucha más violencia.
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