Dime cómo le dices y te diré el remedio
- Última actualización en 03 Diciembre 2012
- Escrito por: Guillermo Garat
El relato de la favelización
La falta de un análisis crítico sobre la exclusión en Montevideo y sus consecuencias lleva a diagnósticos moralistas que simplifican el accionar del Estado en la represión policial en detrimento de lo social. La “favelización” de Montevideo es una extrapolación mal conceptuada, agitadora de fantasmas y que sigue construyendo exclusión.
Vivimos la era del espectáculo, donde la política adopta los ropajes tecnológicos que las pasarelas aplauden desde dispositivos más o menos móviles. Se discute al golpe del balde, como en la feria, entre frases hechas a medida de las circunstancias: me gusta, no me gusta, y algún comentario tribunero para cosechar popularidad.
La discusión de la seguridad no es ajena al discurso simplista de la higiene social, y más recientemente a la incorporación de conceptos acompañados de un barniz de noticiario amarillo, de crónica roja y ajuste de cuentas que antes absorbían los crímenes de sangre y ahora se alimentan de gángsteres con acento caribeño y cara desconocida.
Para explicar los fenómenos del crimen arropamos elaboraciones conceptuales importadas de Colombia, Centroamérica, Rio de Janeiro y hasta México que se cuelan en nuestro televisor para enseñarnos la muerte de la delincuencia tal cual la conocemos.
El concepto de “cantegril” quedará entre memorias de almidón y lecturas de un Uruguay híper integrado en vías de extinción o “desfragmentación social”, término rico en connotaciones que redactó el gobierno en el proyecto de ley sobre faltas, una mezcla de fragmentación social con el desfragmentador de disco duro de Windows, herramienta que ordena los datos del computador permitiendo aprovechar el espacio que dejó libre una serie de datos que ya no usamos más y amenazan la integridad del computador conectado en red. Una joyita discursiva en el alhajero de la seguridad de la segunda era progresista, la de la derrota de lo civil y su antropología explicativa.
El período comenzó al finalizar el primer año de gobierno, cuando se lanzaron los megaoperativos, ese happening o flashmob trasmitido en vivo y en directo, un espectáculo sobre todo para los que no viven en el cinturón periférico de la ciudad, un acting que presentó las nuevas tecnologías policiales, la de la unidad semimilitarizada, la del pasamontañas, helicóptero, carros blindados relucientes y un batallón en día D a punta de metralleta pero sin tirar un solo tiro. La opereta del “presunto menor”, con muchos detenidos y muy pocos procesados.
Estas operaciones se dan en territorios inexplorados en lo discursivo, no más en el cantegril con sus chuecos macieles sino en espacios de códigos extraviados, donde mandan los que están en la cárcel, zona roja, territorio feudal, una favela, lugar donde la Policía no asomaba el copete. Primero fue el “cante” y luego el concepto de “asentamiento irregular”, que nos hablaba de cierto conflicto de la urbanidad, de la arquitectura del lugar respecto a las reglamentaciones del ordenamiento territorial. Últimamente se habla de la “favelización” de algunos barrios, aquellos que el Ministerio del Interior pedía no estigmatizar en una campaña en la vía pública por lo menos naif.
Traspolar conceptos tiene riesgos, pero comporta la facilidad de lo aprendido: me decís favela y te digo miedo y tropas de elite. Me decís Colombia y te digo narcotráfico enquistado en cada institución gubernamental, me decís México y te digo lo mismo más decapitaciones, me decís Centroamérica y te digo playas, guerras civiles y pobreza del carajo. ¿Y si me decís favelización de Montevideo? ¿Qué debo creer? ¿Cuál es la asociación conceptual que debemos hacer? Porque en principio no hay asociación de hechos, ni de geografía, ni de economía, y sobre todo de historia que sustente tal bravuconada discursiva. En tal visión parece primar la simplificación de la naturaleza de la exclusión social y la violencia montevideana. Y un acaparamiento de lo policial sobre lo social y de lo “subcultural” sobre lo normal. El nuevo uruguayo pasea por las adyacencias de un shopping virtual amenazado por unos planchas zombis organizados para vendernos drogas, robar viejas, secuestrar y organizar la violencia como en México pero digitados desde el penal de Libertad, todo con la misma eficiencia.
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Betania Nuñez

