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Con Walter Norbis

La canción de las corvinas

Escrito por: Salvador Neves

Pescado. Foto: O. Bonilla
Pescado. Foto: O. Bonilla
Doctor en ciencias del mar por la Universidad de Cataluña, docente e investigador en la Facultad de Ciencias, e integrante del Departamento de Biología de la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos, Norbis evalúa nuestros recursos pesqueros, apaga unas alarmas, enciende otras.

—¿Al investigador le gusta el pescado?

—Mucho. Siempre dije que la ingesta era parte de la investigación.

—¿Alguno en particular?

—El pargo rosado, sin duda es el mejor pescado que hay acá, un pez de piedra, que come en formaciones rocosas situadas profundamente. De río me gustan mucho el pacú y el dorado, pero consumo de todo.

—¿Y cómo hace ese pargo?

—A la plancha, vuelta y vuelta.

—Me dicen que casi no hay congrio.

—No es así. Hay dos especies, una que se pesca a profundidades mayores a los cien metros y otra que se pesca en la costa, y no falta ninguna de ellas. Aparece frecuentemente en los palangres de los pescadores artesanales. No lo quieren mucho: es un pez largo como una anguila y por su forma de nadar, cuando se engancha en el anzuelo, termina enredándose en las brazoladas, inutilizándolas.

—¿Y no hay poca corvina rubia?

—Los volúmenes de desembarque de corvina se mantienen estables. Son más de 20 mil toneladas por año. Es más, el Río de la Plata es uno de los lugares del mundo con mayor concentración de corvinas.

—Pero sí es cierto que las merluzas son cada vez más chicas...

—Ese es otro problema. El año pasado se la declaró especie en riesgo biológico. En la década del 90 parte de la flota europea se vino a pescar al Atlántico sur después de haberlo hecho en los caladeros de Namibia y Angola.

Entonces aumentaron las capturas. Desde el año 1991, dentro de la zona común de pesca de Argentina y Uruguay comenzaron a establecerse áreas de veda para proteger los juveniles, primero en otoño y primavera. Luego hubo que establecerlas también en verano, y recientemente en invierno. Ahora ha sido necesario ir más lejos; se limitó la captura anual a 50 mil toneladas y se ordenó implementar un plan de recuperación del recurso.

No es sencillo mantener el control. La merluza se extiende desde Rio de Janeiro hasta el Canal del Beagle y es un pez migrador. Suele habitar la plataforma continental. Pero hacia el sur, a la altura de los 45 grados de latitud, frente a la provincia argentina de Chubut, la plataforma se ensancha bastante, tanto que supera las 200 millas de mar territorial que corresponden a Argentina.

Ese lugar es lo que en la jerga de la pesca se llama "milla 201". Allí buques de todas las banderas se disputan las merluzas. Los ingleses establecieron una zona de exclusión en torno a las islas. El panorama entonces es muy gráfico: la armada británica custodiando su zona y la argentina haciendo lo propio con la suya contra pescadores de todas las latitudes persiguiendo cardúmenes que no saben de fronteras.

La merluza tiene dos zonas de cría y reproducción, una en el frente atlántico del Río de la Plata y otra al sur, en Isla Escondida, cerca de Rawson. Pero, según hemos descubierto, ambas poblaciones están comunicadas: alrededor del 20 por ciento de las merluzas que nacen frente al Río de la Plata terminan en Isla Escondida y viceversa. A la luz de los conocimientos de genética actuales consideramos que las dos poblaciones son un único grupo, bastante heterogéneo, pero uno solo. Entonces si se depreda en el sur se resienten las capturas en el norte, y lo inverso también se cumple. El caso de la corvina rubia es distinto.

—¿En qué?

—Investigadores de la Facultad de Ciencias y de la Dinara han comprobado recientemente que las corvinas que viven en el Atlántico son genéticamente distintas de las que lo hacen en el Río de la Plata. Han seguido diferentes procesos evolutivos. Estudios anteriores de bioacústica nos habían sugerido lo mismo.

EL CANTO DEL MACHO

—¿Qué es eso de bioacústica?

—Las corvinas cantan. Hay un cuento de Mario Delgado Aparaín que se llama "El canto de la corvina negra"* que tiene que ver con esto. Hace casi 20 años nos acercamos a la comunidad de pescadores artesanales de Pajas Blancas. Entre ellos andaba Noel Matta, protagonista del cuento de Delgado.

La cosa es que queríamos saber hasta qué punto explotaban la corvina de modo sustentable. Ellos aseguraban que cuidaban el recurso, que no capturaban animales que no hubiesen desovado. Nosotros preguntábamos cómo podían saberlo y la respuesta que nos daban era "las pescamos después que cantan".

Y cantan nomás, de dos maneras, una es de advertencia, el ronquido, que la mayoría de los pescadores de la costa conoce, y otra de cortejo, que suena como un tableteo que es producido por los machos.

—¿Pero cómo lo oyen?

—Si un grupo de machos está emitiendo su canto de cortejo y pegás el oído al fondo del bote, aquello suena como un temblor de tierra. Y lo interesante es que cantan de distinta manera las corvinas del río, las del Atlántico y las de la Laguna de Rocha. La investigación que lo probó se hizo en esta facultad, con la colaboración de la Dinara, que aportó el buque de investigación, y fue la primera sobre bioacústica de peces que se publicó en América Latina.

—He escuchado también que las carpas se están expandiendo enormemente a costa de otras especies.

—Así es. Las carpas son invasoras. La primera especie fue introducida en 1850 por Juan Manuel de Rosas. Ahora hay varias especies. En los ríos Paraná y Uruguay se encuentran animales de metro y medio. Además tiene una tasa de fecundidad impresionante. En el Río de la Plata interior, desde Kiyú (San José) hasta Punta Gorda (Colonia), los pescadores de sábalo se aburren de sacar carpas. Igual las levantan y las venden.

—¿Hay quien la compra entonces?

—Sí, pero se paga menos.

—Tiene gusto a barro.

—Pero acá sólo nos gustan dos o tres especies. Prácticamente sólo consumimos pescado en filete y pretendemos que no tenga espinas. No sabemos comer pescado. Italianos, franceses o españoles comen todo. No tiran nada al agua, nada que sea útil. La mayoría de los uruguayos ni siquiera distinguimos sus sabores probablemente porque falta costumbre de consumir pescado fresco.

—Los pescadores dicen que nuestra costa está tapada de bolsas de nailon que impiden a los peces comer del fondo.

—Sí, ese es un gran problema. El emisor subacuático no posee sistemas de retención y tampoco existen plantas de tratamiento previo de la basura vertida. Sólo hay algunas rejas, y muchos pluviales desembocan directamente en la costa. Cuando salimos en el Aldebarán, el buque de investigación de la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos, y tiramos la red de arrastre, es impresionante la cantidad de basura que levantamos.

—¿Y cómo describirías en general la situación actual de nuestros recursos pesqueros?

—Todas las pesquerías del mundo parecen cumplir un ciclo similar. Cuando los precios del pescado son buenos y hay demanda la actividad crece, se invierte y se llega a un tope, en general con una sobrecapitalización, cuando concomitantemente el recurso disminuye. Se explotan los recursos sin entender tal vez que son finitos y que las poblaciones admiten un cierto nivel de captura. Pero llega un momento en que las capturas comienzan a caer y el esfuerzo de pesca se mantiene o aumenta para mantener los mismos niveles de pesca; pero los rendimientos caen y eso trae aparejado un problema social y económico. Muchos quiebran y se comienza una nueva etapa con fuertes medidas de gestión para proteger el recurso. Se produce una reestructuración de la pesquería; los pescadores van aceptando las nuevas reglas y especies antes descartadas comienzan a ser objeto de desembarque y comercialización, cambiando incluso las modalidades de pesca.

Acá en Uruguay, como en toda la región, el desarrollo de las pesquerías se produjo durante la dictadura con el Plan de Desarrollo Pesquero. La fao patrocinaba entonces estos planes. Surgió una enorme cantidad de plantas de procesamiento de pescado y elaboración financiadas con endeudamiento, de las que hoy sobreviven muy pocas. Ahora hay una situación casi monopólica. Fripur controla la pesca de altura y hay otros tres actores de importancia, pero vienen muy atrás.

Por otra parte, desde los años noventa hasta hoy han sido declaradas "plenamente explotadas" tres especies: la merluza, la corvina y la pescadilla. Esto quiere decir que no puede aumentarse el esfuerzo de pesca, no puede aumentarse la flota dedicada a esas capturas. Se establecen áreas de veda y se vigila el tamaño de la malla de las redes para que no caigan en ellas animales jóvenes.

—¿Puede esperarse que los recursos se recuperen?

—En el mundo la mayoría de los recursos pesqueros están sobreexplotados y hay problemas muy serios con especies de tiburones y de rayas, animales particularmente vulnerables. De este grupo algunas especies se han extinguido.

No pasa lo mismo con los peces óseos. Cuando Namibia y Angola se independizaron y reivindicaron sus aguas territoriales, dispusieron fuertes prohibiciones y en tres o cuatro años recuperaron sus pesquerías.

En el Mediterráneo, el Mar del Norte y el Atlántico norteamericano no ha sucedido así, pero allí los recursos se explotan con intensidad extraordinaria y desde hace siglos. Cuando uno observa el refinamiento que alcanzaban las artes de pesca que los europeos usaron desde el siglo xv y xvi comprende que por allá hace rato que los peces no la tienen fácil.

Acá nos juega a favor que la historia de explotación empieza hace cuarenta años, pero hay publicaciones recientes que mencionan varias especies como sobreexplotadas. n

* Montevideo, ebo, 2003.

Alrededor del Buceo

La culpa es de Brigitte Bardot

Entrando al puerto del Buceo, a la izquierda, hay medio círculo de casitas dispuestas en torno a un espacio común que los transparentes hacen fresco. Como una plaza pero con piso de tierra. Preguntado por el pescador más viejo, un hombre canoso indica esperar al "Cachito" que está terminando unas cuentas.

Tres cocineros de la marisquería El Italiano cruzan aquel espacio y se meten por una callecita que se abre hacia el este. Una muchacha elegante se asoma apenas a la plaza y pregunta de lejos dónde se vende carnada. La gente le contesta y, cuando la morocha se pierde, comenta sus virtudes.

Los cocineros vuelven con dos cajas de pescado cada uno. El canoso sube a su camioneta y desde la cabina, terminando el diálogo que mantenía con un pescador, dice: "Pero si este gobierno no molesta nada".

Cacho Villalba, el Cachito, que ya terminó las cuentas y llevó el papel con los resultados a algún lado, no es precisamente viejo. Tiene 49. Su padre era pescador en Pajas Blancas. Allá, de adolescente, armó sus primeros palangres.

—¿Palangres?

—En el río les llaman espinel –aclara.

Si se le pregunta qué cambios ha visto en su oficio en estas décadas, cuenta: "Las redes tienen dos metros de alto pero cuando vas a sacarlas no hay de dónde agarrar de tantas bolsas que traen adentro. Hemos analizado que año a año hay menos pescado y mi teoría es la contaminación".

Nada lejos de allí desemboca un colector pero termina en unas rejas que deberían retener la mugre. Cachito explica: "Lo que pasa que en vez de sacar esa mugre en volquetas es más fácil apretar el botón de levantar la reja y que se vaya todo pa'l mar. Y eso no pasa sólo acá. Además está la basura que viene de los ríos".

El fondo del mar está tapado y entonces los animales no vienen a comer. Cacho asegura que llegó a vivir días en que cada embarcación traía diez cajas de pescado en la mañana y otras tantas en la tarde y que hoy no se llega a sacar diez cajas en toda la jornada. La gente está viajando a la Boca del Rosario a buscar otro tipo de pesca. Él la última vez se fue hasta José Ignacio.

Insiste además en que las autoridades no aprietan las clavijas donde deben: "Te controlan a vos pero las matanzas que hacen los barcos grandes, ¿quién las controla? Queremos cuidar y no cuidamos nada. Todo el mundo sabe. Pero no. Se pasan cuidándonos a nosotros. Seremos unos pobres locos pero hay muchas familias viviendo de esto".

Las de este puerto pescan corvina. Una vez pescada la disponen en cajas de 23 quilos. Los intermediarios les pagan 600 pesos por caja (pagan a 26 el quilo) que venden a más de 800. "Ganan más sin arriesgar nada", se queja Cacho.

Sin embargo estos pescadores no están aislados en un páramo. Están a la orilla de la ciudad y cerca de los compradores, así que podrían organizarse para vender directamente. "¡Ah! Pero los pescadores tenemos una manera, loco. El pescador se da cuenta de que lo están degollando y más afirma el cogote".

Se acuerda que cuando todavía vivía en Pajas Blancas se habían organizado para vender directamente a Brasil. Un antiguo contador del Frigorífico Artigas conducía sus negocios e iban bien: cada semana estaba la plata y siempre con un aumentito. Pero vino Carnaval, los bancos brasileños estaban cerrados y la plata no llegó.

El antiguo intermediario estaba listo para actuar. No se había resignado a perder el filón: estaban saliendo 2 mil cajas por día. Apareció a ofrecer dinero ("uno era joven y quería plata para el baile", apunta). La incipiente cooperativa se desmadejó. "El pescador... –dice Cacho, y queda en silencio–. El artesanal tiene sus mañas", y retoma: "Cuando yo empecé a trabajar quería aprender y el hombre se ponía de espaldas para que no vieras lo que estaba haciendo".

"Ahora se están agrupando de a seis o siete embarcaciones y están vendiendo ellos. Está bien. Pero ahí la cuestión es administrarse." Los problemas más importantes están en el combustible y en el invierno. Los compradores suelen proveer el combustible para garantizarse la mercadería. Si el grupo no guarda lo suficiente para comprarlo caerá de nuevo en el intermediario. En el invierno, por otra parte, se pesca mucho menos. Si el grupo no ha ahorrado las ofertas del intermediario se volverán irresistibles. "Pero se puede hacer –cree Cacho–, claro que se puede hacer."

Otra "contra" son los lobos marinos: se comen lo que venga y no te dejan una red sana, asegura Cacho. En esto no se ponen de acuerdo con la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos (Dinara). Un lobo come entre cuarenta y ochenta quilos de pescado por día y ya hay medio millón de ellos. "Ya no vienen de a uno, vienen de a 30 o 40. Es impresionante. Hicieron colonia ahí en Las Pipas, frente a Carrasco. En este momento no están porque se están reproduciendo. Se siguen reproduciendo y no se hace nada. Desde la vez que se metió la Brigitte Bardot no los podés tocar."

De todos modos los pescadores parecen ser más, o tal vez sean los mismos pero con una movilidad incrementada por el poder de las nuevas naves. "Antes sabías cuántas embarcaciones había en cada puerto. Hoy no tenés idea", sostiene el pescador. Se juntan 300 embarcaciones como si nada, sobre todo en la zafra de invierno en Montevideo, en la boca del San Luis o del Pando. La gente de La Paloma, que antes no tenía necesidad de hacerlo, aparece en los mismos pesqueros. "Y esos no tienen embarcaciones. Tienen barcos. Llevan 500 cajas. Afortunados ellos que fueron a pedir el permiso y pudieron arreglar."

Cacho dice estar aburrido de ver gente que envejece pescando en "cuatro tablas" sin llegar nunca a que la Dinara les otorgue el permiso que les permitiría aumentar el volumen de captura y pasar a vivir un poco mejor. "Ahora no nos quieren dejar mejorar los ranchos; ni construir de material ni revocar –se queja apuntando a la autoridad local de Hidrografía–. Pero bien que permitieron que alguno se construyese allí una bodega", dice mirando a la callecita.

"En fin, es linda la pesca", culmina paradójico Cacho. ¿Que si está aburrido de comer pescado? De ninguna manera. Lo que le gusta es la pescadilla de red en milanesa o la palometa y la lisa, pero al horno. n

SN

Publicado el Jueves 09 de Febrero de 2012

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