| Beso. Foto: O. Bonilla |
El domingo pasado en el mismo boliche se produjo otro acto discriminatorio que sí cobró estado público: dos varones se besaban (en la boca, por las dudas) en la pista de baile y un patovica los obligó a retirarse porque “esas conductas no son permitidas aquí” (o algo similar), por política de la casa y derecho de admisión. Ante el pedido de explicaciones por parte de los novios y sus amigos, los patovicas fueron llamados a silencio por la abogada del local bailable (¿una abogada en medio de la noche para representar al boliche?).
Lo que no hizo un grupo de periodistas unas semanas antes (craso error) sí lo hicieron Germán Michelena (de 19 años) y su novio: presentaron la denuncia ante la Policía y luego le traspasaron el caso a la abogada militante por los derechos de la diversidad sexual Michelle Suárez, que presentó denuncia penal (amparada en la ley antidiscriminación) contra Viejo Barreiro.
Según versiones de prensa el representante de Viejo Barreiro, Mariano Gambaro, primero manifestó que el boliche no es ni racista, ni discriminatorio ni homofóbico, aunque luego pareció repensar el asunto (¿) y manifestó a Canal 10 (que pareciera intentar disculparse por no trasmitir la campaña “Un beso es un beso” en 2009) que no estaba arrepentido de lo sucedido. Es más, ahora establece una contrademanda por acoso en el Facebook del boliche, debido a los improperios que cientos de personas escribieron en su muro. Qué tupé.
El caso corrió como reguero de pólvora por Facebok, se leyó en medios escritos, apareció en la televisión. Cabe atender principalmente dos cosas: la potencia de Facebok para convocar a la gente (y todo lo que sigue generando: videos sobre la temática y campañas publicitarias contra la homofobia, por ejemplo) y que un muchacho de 19 años se animara a hacer la denuncia.
Se ha hablado mucho de cierta “peligrosidad” de Facebok en cuanto a la estupidez que puede acarrear (gente mostrando y diciendo nimiedades todo el tiempo, que sube hasta el último calzón que se compró, gente que puede ser “fichada” por quién sabe quién y quién sabe por qué cosas). Pero lo cierto es que en casos como éstos la herramienta no puede ser acusada de nada: dos muchachos son echados y discriminados en un boliche y se termina convocando a una “chuponeada masiva”* (al miércoles ya se habían anotado más de 5.200 personas para asistir al “evento”) de todos los que repudien el hecho; hombres con hombres, mujeres con iguales, heterosexuales, da igual, se trata de enrostrarle al boliche que, por encima de la sexualidad practicada, los hombres (y las mujeres y las mezclas que se antojen) tienen la libertad de besarse (y circular) donde quieran. Por las dudas y para quien no conozca la noche y el Viejo Barreiro en particular: no importa si era un piquito o los pibes estaban “apretando a mansalva” (disculpe la expresión, pero así nos entendemos), porque en general en los boliches de la noche, y en Viejo Barreiro en particular, los heterosexuales se enredan y literalmente chuponean hasta que les duele la boca.
Claro que los que se suman a la movida parecen pertenecer a un perfil determinado (basta vichar un poco la movida en Facebok): gente de cabeza abierta, informada, lejos de ciertos esquemas conservadores. Y que los muchachos implicados (al menos Germán) saben estar bien rodeados. Digo esto porque se sabe, también, que casos como éstos pasan a diario inadvertidos (es decir que no se denuncian) por vergüenza, miedo, falta de información, y muchas veces de coraje, también. Se sabe que el caso de Germán y otros que están apareciendo son la excepción en un Uruguay (imagínese en el Interior, pueblo chico, a dos hombres o mujeres tomados de la mano o besándose en la calle) que o bien mira raro, o bien ofende, o bien hace la vista a un lado. Pasa que muchísimos homosexuales y lesbianas (ni que hablar de las travestis) son maltratados, injuriados, mirados de soslayo, golpeados y hasta asesinados por el solo hecho de ser quienes son. Sí, pasa.
La denuncia de Germán y su novio hace unos años era inimaginable (antes de este hecho el colectivo Ovejas Negras ya recibía este tipo de denuncias pero a partir de ahora refuerza su accionar). Los muchachos se merecen un aplauso (y quizás su ejemplo sirva para que otros se animen a denunciar estos atropellos), y el Viejo Barreiro un repudio general (o una chuponeada masiva). Pero no hay que creer que con la sola denuncia y el valor de estos muchachos se acaba el asunto y vivimos, de pronto, en un Uruguay distinto. Sí cobra fuerza, pero no hay que olvidarse de otras historias que aún viven en el ocultamiento y el dolor, y que tienen que ser narradas.
* Para mañana sábado a las 23 horas en la puerta de Viejo Barreiro, en Rodó casi Jackson.
Un punto de inflexión para la...
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