En estos tiempos, cuando el riesgo de decir cualquier cosa que sea “políticamente incorrecta” genera terror en los referentes del gobierno y de la oposición, en los personajes públicos o en los formadores de opinión, Jorge Vázquez hizo lo que debía hacer. Y lo hizo desde su responsabilidad de alto funcionario del Ministerio del Interior en circunstancias especialmente difíciles por los hechos que acababan de producirse.
Por supuesto, las reacciones fueron duras, y más de uno aprovechó el escenario para tratar de ganar algunos puntos en la tabla de posiciones electorera. Pero las políticas públicas, y en especial la política sobre seguridad ciudadana, no pueden diseñarse e implementarse desde las emociones, por más respetables y valiosas que éstas puedan ser.
Desde hace un tiempo, existe una tendencia (no solamente en Uruguay) a poner a la víctima como centro del discurso sobre la criminalidad y la violencia. Y esto está bien, a pesar de ser una visión reduccionista que deja de lado otros aspectos esenciales del problema. Pero lo que no está bien es que, inmediatamente después de producidos los hechos, con su carga de dolor y crispación, aparezca una cámara de televisión y un micrófono para registrar reiteradamente el llanto, la desesperación, la ira o el clamor de venganza que, razonablemente, pueden esperarse de una persona que está sufriendo pérdidas muchas veces irreparables. Por supuesto, esto no impide que la escena sea cortada abruptamente para informar al instante sobre el gol de un equipo uruguayo en la Libertadores o sobre la llegada de la selección a Mendoza. Y luego... se terminó. La víctima, la familia o los allegados desaparecen del centro del tema. Solamente vuelven cuando son convocados para acompañar iniciativas partidarias contra la inseguridad, o, como pasa en algunos países, para salir en la foto detrás del gobernante que promulga una ley que vuelve a prometer “mano dura” contra el delito. (Con las disculpas por este breve paréntesis: ¿qué pasó con la inseguridad ciudadana en Uruguay en estas últimas semanas? Parece que la fórmula para abatir los índices del delito y la violencia en el país pasa por la circunstancia de jugar, en forma permanente, una Copa América o cualquier otro campeonato internacional de fútbol, ya que los noticieros centrales de todos los canales de televisión prácticamente borraron la vieja “crónica roja” de sus emisiones durante varios días.)
Humanamente es imposible no conmoverse frente a la injusticia de una muerte o una grave lesión producida como consecuencia de un delito. Pero esto no puede llevar a que quienes tienen la responsabilidad de hacerlo (por su posición en el gobierno o en el sistema político, o por manejar el enorme poder de un medio masivo de comunicación) no pongan la necesaria cuota de racionalidad y de mesura que contribuya (y esto es lo más importante) a cortar el círculo perverso de la violencia. Es cierto lo que dice el subsecretario del Ministerio del Interior: frente a un delincuente armado, y jugado completamente a cara o cruz, la víctima del delito tiene todas las de perder. Cuando alguien está trabajando, o dentro de su hogar, no está pensando que en el minuto siguiente puede enfrentarse al drama de matar a otra persona. Aquel que va armado a cometer el delito ya tiene ese riesgo asumido, y no tendrá ninguna duda si debe apretar el gatillo, sean cuales sean las consecuencias.
Entiendo y asumo que lo que aquí se dice tampoco es “políticamente correcto”. Pero debe repetirse todas las veces que sea necesario que la vida o la integridad física siempre están primero. Que la rabia o la indignación que significa perder el trabajo de un día, una semana o muchos años, no puede poner por delante el riesgo de perder la vida, porque es perderlo todo.
* Docente de la Facultad de Derecho (Udelar). Consultor internacional. Ex subsecretario del Ministerio del Interior
Un punto de inflexión para la...
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