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Con Mario Handler

Otra vez aparte

Escrito por: Salvador Neves

Handler. Foto: A. Arigón
Handler. Foto: A. Arigón
El documentalista apunta y dispara contra todo: la televisión pública y el poco interés del gobierno por el cine nacional, las protestas por la ley sopa, las políticas de la Comisión del Patrimonio.

 

—Usted participó en el comité consultivo que el Ministerio de Industria convocó para discutir el proyecto de ley sobre comunicación visual...

—No fui convocado. Fui por decisión propia. Era necesario. No había sido convocado ningún cineasta en actividad.

—¿Cuál es su balance?

—Se discutió demasiado sobre la digitalización. Frecuentemente viajo a Berlín y veo televisión digital. Es cierto que se ve muy lindo. Pero eso no modifica significativamente los contenidos. Después de lo técnico se discutió el reparto, pero seguimos hablando demasiado poco sobre contenidos.

Parece olvidarse la época en la que nació la televisión. Los tiempos de Luisito fueron también los de la mayor corrupción de la historia. Luisito fue el inventor de "la 15": los clubes políticos como máquinas de repartir favores. Lo muestra mi amigo Ugo Ulive en los primeros minutos de Como el Uruguay no hay.

En esa época un compañero de la Cinemateca del Tercer Mundo descubrió que yo no tenía teléfono y no lo podía admitir. Tenía parientes en "la 15" así que hizo los movimientos pertinentes para conseguirme el aparato. Al final llegó la respuesta: "Ese no es amigo nuestro".

En esos días se repartieron las señales. En aquella televisión no existía libertad de expresión. Una vez Cristina Morán –a quien creo buena persona– me invitó a su programa. Era el día del cumpleaños de Pacheco Areco, entonces presidente, y la periodista le envió una efusiva felicitación. Recuerde qué tiempos eran. Yo empecé diciendo: "Ustedes, que le chupan las medias a Pacheco". Se produjo un silencio profundo y se terminó la entrevista. Tuve que retirarme inmediatamente.

Ahora le regalamos las señales a los mismos. Seguirá habiendo televisión oficial. También habrá mecanismos para que haya más canales privados. Pero además inventaron un sector comunitario, una payada como no se ha visto nunca.

—¿Cómo?

—La radio comunitaria está bien y la gente la escucha. Existe porque se ha abaratado mucho la producción radial. Pero lo que ocurre en cuanto a los costos del aporte profesional es que esas radios se deben sostener con el esfuerzo de muchos adolescentes y jubilados porque dinero no hay.

Ahora, por una especie de juego de palabras, si existe radiodifusión comunitaria debería existir televisión comunitaria, el "tercer sector". A este invento lo han elogiado en el mundo como un avance uruguayo. Busque en Youtube los videos que aparecen bajo el concepto de "televisión comunitaria". Prácticamente todo lo que hay es de autobombo.

Pero no hacen lo que yo hago. No pueden salir como yo a filmar obreros. No van hacia los marginales como en Aparte. No filman detalladamente transexuales como hace tan bien mi colega Aldo Garay. No hay nada de lo que hacen tantos otros más. ¿Y animación? Ni hablar. Eso es imposible. Ficción tampoco. ¿Cómo lo van a pagar? ¿Con colectas entre los asociados?

Tampoco se les permite financiarse con programas de proselitismo político o religioso. ¿Cómo van a hacer? Van a mostrar continuamente cómo se ordeña una vaca. Va a terminar en que una persona habla todo el tiempo como en la radio pero con cámara.

Entonces, si no existe el servicio público, seguiremos como hoy.

—¿No lo es la Televisión Nacional?

—Lo que hay aquí es televisión oficial o gobernativa. Puede ser noble o no. Como bien dijo un experto chileno que nos visitó: "¿Al director de la Televisión Nacional lo nombra el Poder Ejecutivo? Entonces no es de servicio público". El servicio público tiene que tener autonomía, no depender del gobierno de turno. Además se necesita un servicio con dinero en serio. Es algo que cuesta entre 50 y 150 millones de dólares anuales.

¿Por qué? Para que sirva de paradigma. Para que, atrás de la producción de calidad que eso impulsa, los privados empiecen a mejorar su calidad. El servicio público sirve como receptáculo tanto de la creación cinematográfica de sala como de video o como de todo. Sirve de impulso al verdadero informativismo. Sirve para darnos todo eso que no nos están dando los privados.

Un servicio público podría incluso ayudar a que exista un sector comunitario. Si tiene presupuesto para producir, para sostener una creatividad importante, se puede llegar a una red popular.

tnu ha mejorado bastante, con una gran pobreza, haciendo intercambio de buenos programas. Pero con este sistema actual no puede llegar a un nivel de competencia. Hoy en día diez puntos de rating es una cosa bestial. Lo obtuvo Canal 12 con la exhibición de Artigas, la redota. Pero tnu alcanzaría a lo sumo un punto y medio o dos con una película de ese estilo.

Televisión de minorías la tienen –y excelente– Francia y Alemania (el canal Arte con un 2 por ciento de audiencia pero con un presupuesto de 600 millones de euros) y la tienen la comunidad de los países de habla alemana: no les importa el rating. "Estamos formando las elites del futuro", explican. Acá somos muy pocos para eso pero necesitamos cosas de alto nivel.

—¿La idea de que hubiese una cuota para producción de determinado tipo no solucionaría las cosas?

—No me parece. La solución no viene por la regulación. Viene por el lado de que haya un paradigma.

—O terminaremos conformándonos con lo que podemos ver en Internet. ¿Qué piensa Handler sobre la discusión en torno al proyecto de ley sopa? ¿Piensa como el prosecretario de Presidencia que la represión es la herramienta del derrotado?

—Para ser dulce diría que debemos atribuir los dichos de Cánepa a su ímpetu juvenil. En realidad no está diciendo nada.

PIRATA COJO.

—¿Pero usted no está de acuerdo con que mantener una Internet libre de restricciones es conservar una herramienta crucial para la existencia de la libertad de información, brindar acceso a bienes culturales y estimular la creatividad y el intercambio?

—Agnés Varda hizo un maravilloso documental hace algunos años que se llama Les glaneurs et la glaneuse; quiere decir "recolectores y recolectoras". Resulta que hay una ley francesa que sigue vigente por la cual, terminada la cosecha, personas ajenas a los establecimientos pueden entrar a ellos y tomar las frutas que quedan en los árboles o que han caído. Mucha gente vive en Francia de eso. Es una buena ley. Pero es una norma. A nadie se le ocurriría cobrarle derechos de autor al paisano que en el fogón recita "El orejano". Pero si usted va a citar a Serafín J García debe atenerse a ciertas reglas para que no configure un plagio.

—¿Usted nunca plagió?

—Lo hice alguna vez en el 69 o el 70. Lo hice porque entonces creía, como unos cuantos, que estaba inmerso en una situación revolucionaria. Seguía el ejemplo de Cuba. Todos éramos cubanistas y la isla, con el bloqueo, se había quedado sin libros donde estudiar. Entonces hizo copia en facsímil de los manuales que necesitaba y los hizo imprimir. "Libros fusilados" se llamaban, para seguir la onda. Creo que estuvo bien. Necesitaban de esos libros para salvarse. Ahora, pasados algunos años Cuba está respetando los derechos internacionales. ¿Por qué? Porque si no hace eso no le respetan los propios, y muy poderosa es la cultura cubana.

Hay una cuestión de grado en todo esto. Pero está claro que no hay ideología, por marxista-leninista o anarquista que sea, que pueda prescindir de las normas de convivencia (y el respeto a los derechos autorales es una de ellas). Lo contrario es albanés, eso es Pol Pot.

Los derechos de autor son parte de esas normas para preservar el trabajo de quien lo realiza, defender el concepto mismo de autor y evitar que la obra sea distorsionada.

—¿De verdad la piratería complica su trabajo?

—Hay una página en la red, RebeldeMule, que sistemáticamente roba mis películas. Cuando empecé a notar que les interesaba tener Decile a Mario que no vuelva les escribí que me estaban robando. La mayoría de los comentaristas habituales resolvieron que yo debía ser un facho y que entonces la película no valía la pena, pero uno tuvo la deferencia de discutir conmigo. Lo investigué. Es un psiquiatra español. Escribe libros y bien que los cobra: entre 70 y 80 euros.

Me he encontrado con que alguna película mía es trasmitida por televisión pero al final, en lugar de estar mi nombre decía "Agradecemos a la Cinemateca Uruguaya". Cinemateca obró como un reducidor. Tuve que litigar para que se reconocieran mis derechos. Los abogados del canal (Tevé Ciudad) pretendían ampararse en una ley de 1937, aprobada en las postrimerías de la dictadura de Terra, que dice que el Estado puede –por motivos estrictamente culturales– utilizar sonidos o figuras sin pagar ningún derecho. Pero esta ley fue modificada por la 17.616 de 2003. En nuestro país no hay expropiación sin compensación. Si quieren comprar la casa de Amorim tienen que pagarla. Si hubieran querido el recado de Saravia también hubiesen tenido que pagarlo.

En realidad, como dijo Milos Forman, la piratería no es un problema para los grandes que tienen sus bufetes de abogados caros para hacer valer sus derechos. La piratería nos embroma a los chicos y a los medios.

Hay casos de cárcel. Algunos todavía se acordarán de una canción que hizo época en el período anterior a la dictadura, "Hemos dicho basta", de mi amigo Mauricio Vigil. En la red la están vendiendo como ringtone a tres o cuatro dólares.

—Muchos músicos no están de acuerdo con su posición.

—Y ese es uno de los modos en que la piratería daña. Te fuerza a deformar tu propio estilo autoral. Por eso y a su edad los Rolling Stone siguen saltando en los conciertos. Ellos venden el show, no tanto la música. Por eso les importan poco los discos. Pero, ¿por qué todo músico debe ser showman? ¿Debemos obligar a los poetas a realizar shows? ¿Cómo hacemos los cineastas para tener nuestros shows?

—Usted también decía que hay que proteger a la obra de la distorsión.

—Hace unos años a un tipo se le ocurrió sacar El Halcón Maltés de John Houston, una película de los cuarenta, pero colorizada por una técnica que se puso de moda. La familia litigó en París, un lugar más confiable que Estados Unidos en esto. Le dieron la razón. No se puede atentar contra la integralidad de la obra, contra su calidad. Fue un fallo famoso.

Yo he tenido que intervenir para evitar que partes de mis películas fueran exhibidas como cine de la dictadura. Lo que allí se veía era anterior al golpe. Ubicar aquellas escenas durante la dictadura era falso y alteraba su sentido. Peor fue que la misma dictadura exhibiera mis imágenes para demostrar que había subversión. Por cierto que esto no es nada al lado de otras barbaridades de entonces.

—¿A qué hay que atribuir entonces las protestas contra la ley sopa?

—Es la protesta de las mismas empresas que han aceptado brindarle al gobierno de Estados Unidos la información que les sea requerida sobre sus usuarios. Son los mismos que se abren de piernas con China. La libertad absoluta que demandan es un retroceso; no un avance. Esa clase de libertad que demandan está funcionando óptimamente para difundir actos impunes de pedofilia.

—¿La legislación uruguaya es suficiente para proteger los derechos autorales?

—Más o menos. Cuando asume el gobierno Jorge Batlle, tan contento, los tres canales privados usaron imágenes mías dentro de las coberturas destinadas a las ceremonias. Yo reclamé. A lo sumo obtuve alguna respuesta cortésmente cínica: "Si nos dice en qué le pertenece...". Recién cuando Claudio Invernizzi asumió la dirección de tnu comenzó a pagarse por la proyección del cine nacional. Fue histórico. Hicieron un ciclo de cine uruguayo y nos pagaron mil dólares a cada uno, que venían a ser 750 después de los descuentos. Pero el contrato era impecable. El convenio con el está permitiendo reproducir alguna cosa en los canales privados y cobrar de alguna manera. Pero siguen apareciendo gerentes que como tienen una copia de la película creen que pueden trasmitirla a su antojo.

Pero el gran defecto de la ley autoral es que el procedimiento normal es por intervención de parte interesada, del autor. La propuesta final sería que el Estado protegiese aquellas cosas que valora como patrimonio cultural estableciendo convenios con las agencias extranjeras existentes en materia de vigilancia. Es imposible para el autor vigilarlo todo.

Mirando hacia adelante tengo una preocupación sobre el destino de los "ceibalitos". ¿Les estarán enseñando a diferenciar creación de plagio?

—Otra dimensión del asunto es la preservación física de las películas que podrían tener interés patrimonial. ¿Hemos avanzado en eso?

—Yo acuso a la Comisión de Patrimonio, formada esencialmente por arquitectos, de que están en su negocio. Yo me pregunto, ¿qué es lo que hay de perdurable en Vaz Ferreira? Sus escritos sin duda. Pero no; se restaura su casa. Con una sola de esas casas que compra la Comisión del Patrimonio pagaríamos la restauración de todo el cine nacional. Aunque yo no estoy con la propuesta alocada de Martínez Carril de empezar desde lo más viejo, como El pequeño héroe del Arroyo de Oro, de Carlos Alonso; una película del año 29. Tampoco todo vale la pena: Escritos sobre el agua, de Amorim, es mala. Sin embargo, del conjunto de películas que sí habría que salvar, mucho se perdió o se está perdiendo.

—¿Qué, por ejemplo?

—Las obras de Alberto Miller (Cantegriles, lo que filmó del Medio Mundo); se está perdiendo Como el Uruguay no hay, de Ugo Ulive. El vintén para el Judas se perdió, pero eso tal vez se perdió porque el propio Ulive se llevó la última copia para Cuba. Va camino a perderse lo que yo hice en los sesenta y los setenta... Sí hay dinero para comprar la casa de Amorim. Pero probablemente el problema sea más general.

—¿Qué quiere decir?

—Que Uruguay debe ser uno de los pocos países del mundo en que al presidente no le interesa sacarse una foto con los cineastas. No somos considerados "intelectuales". Nuestros nombres no integran las listas de protocolo del sodre o los ministerios. ANEP compra muchos libros pero ninguna película. Ugo Ulive no es obligatorio en ningún currículum. Los aranceles aduaneros de los equipos que necesitamos siguen promoviendo el contrabando. Ahora hay algo de dinero del Fona pero la Ordenanza 77, que regula los pagos, impone trámites complicadísimos para cobrarlo, y uno puede quedarse sin sustento a mitad de la tarea. Nada de esos millones que ganaríamos los cineastas según dijo una vez Fernando Cabrera. No sé por qué no nos quieren. Tal vez porque no prestamos ningún servicio a los partidos políticos. n

Publicado el Jueves 02 de Febrero de 2012

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